PLANTAS MEDITATIVAS

Potos

Estaba yo regando el otro día mis plantas… Un momento, quizá al leer el título alguien piense que voy a escribir sobre plantas que ayudan a meditar. No es el caso. El que quiera meditar con plantas que se tome una valeriana o se fume un porro y que me deje en paz.

Como decía, regaba yo mis plantas cuando me entraron varias dudas filosóficas; dado que tengo fama de desbarrar filosóficamente en que me tomo unas birras, matizaré añadiendo que no había bebido ninguna cerveza (tampoco vino, por cierto). El hecho de que riegue plantas y filosofe a la vez era una simple casualidad, aunque, como no creo en las casualidades, más bien era la suma de una serie de circunstancias lo que me llevó a sentarme, regadera en mano, en el sillón más cercano, para contemplar con asombro a mi poto.

Como ser perteneciente al género botánico pothos, mi poto goza de verdes hojas jaspeadas con forma de corazón. Por otra parte, cuelga alegremente del segundo estante de la librería y requiere pocos cuidados, lo cual lo convierte en un chollo. Tiene unos cuantos años, dicho sea de paso, le calculo unos veinte. Vive cerca de un cactus de navidad. Y eso es todo lo que se me ocurre decir de él.

Normalmente, no me quedo mirando al poto con aire de alucine y la regadera sobre el regazo, lo que pasa es que acababa de mirarlo como a un ser vivo. Todo quiste sabe que las plantas están vivas, crecen, se reproducen y ese tipo de cosas, pero yo acababa de pensar que quizá estuviera pensando en algo. Las plantas no piensan, diréis, pero la verdad es que no creo que nadie haya sido capaz de comprobarlo. ¿Qué hacen entonces, todo el día? ¿En que ocupan su tiempo cuando no están absorbiendo agua o echando hojas? Obviamente, no hacen crucigramas.

Lo más seguro, me dije, dejando de una vez la regadera en su sitio (en el balcón, por si alguien se lo pregunta), fuera que el pobre poto se estuviera preguntando por qué lo miraba así. Me levanté del sillón y lo examiné de más cerca. A veces se siente la energía que emana de las plantas, así que quizá notara lo que pensaba o sentía… Al cabo de unos minutos decidí que el vegetal en cuestión, si pensaba algo, era que yo era idiota perdida.

Está bien, me dije, las plantas no están pensando qué hacer con su tiempo libre ni cómo conquistar el mundo (esto último no lo tengo tan claro). Entonces, la única solución posible era que se dedicaban a la meditación transcendental. Eso explicaba que se movieran poco y parecieran tranquilas. Probablemente, tanta meditación hacía posible que en otra vida se reencarnaran en un roble o en un haya, lo que supongo siempre es mejor que ser un poto. O quizá no. En fin, qué sabré yo de los misterios del universo.

Dejé meditar tranquilamente al poto y me fui a apuntar al calendario de la cocina cuándo tocaba el próximo riego. Mientras apuntaba la fecha, me sentí satisfecha al haber dado con la solución a mis dudas existenciales. Estaba claro que, entre riego y riego, un poto tenía que hacer algo que no fuera echar hojas sin parar. Meditar era definitivamente lo que hacía un silencioso poto en una estantería.

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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