EL CARACOL SIGILOSO

Caracol Sigilo 2

Tengo un amigo que tiene un caracol de mascota. Sí, he dicho un caracol. No una tortuga, ni una iguana: un caracol. Es el típico caracol de huerta marrón con rayitas y, la verdad, yo no le veo mucho el chiste. Para colmo, él (mi amigo,  no el caracol) ha leído en internet que los caracoles viven de 2 a 7 años y está bastante apenado por su corta esperanza de vida.

Que la gente tenga caracoles por mascotas, pues la verdad, a mí me la chufla. Como si quiere tener una sardina. Lo que no me hace gracia es que vayas a tomar café a su casa (a la casa de mi amigo, insisto, no a la del caracol y menos a la de la sardina), y te lleve al balcón donde el citado animalito se le come las plantas sin que él se horrorice (¡mi amigo, no el caracol!)

En lo alto de un edificio, concretamente desde la terraza, ocho pisos para ser exactos, mora el caracol que ostenta el asombroso nombre de Sigilo.

Sin comentarios. Creo que voy a escribir un poema:

Oh, sigiloso caracol morador de las alturas

donde los hombres no se atrevieron a subir

por miedo a romperse una cadera

y a Urgencias tener que acudir:

tu presencia acompaña mis días

los llena de silenciosa meditación,

ilumina como un sol mi sonrisa

y me desborda de ilusión.

En lo alto donde mordisqueas mis geranios

tengo el placer de tenerte en adopción,

no quiera el destino mueras algún día,

o arrastrándote te alejes de mí,

pues quedaré triste y compungido

sumido en un vacío sin fin.

Ahora creo que me he pasado. A fin de cuentas, cuando el caracol se reúna en el limbo con sus congéneres difuntos, mi amigo se buscará otro caracol. O quizá una lagartija.

En fin, me pregunto si no desvarío en exceso. En todo caso, no voy a narrar las visicitudes de Sigilo, caracol mordisqueador de geranios donde los haya, porque para eso necesito más espacio. Además, ya escribí sobre una tortuga una vez y empiezo a temer que tengo un problema psicológico con eso de los animales que llevan la casa a cuestas.  Lo más probable me venga de haber vivido en muchas casas. Claro. Va a ser eso.

Sigilo se pasea tranquilamente por su terraza. Mi amigo, cuyo nombre no mencionaré por aquello de no vulnerar su intimidad, nos ofrece a otras dos amigas y a mí un café en lo alto de la terraza. Aunque no subiría muchas cuestas para tomar café, la verdad sea dicha, básicamente porque no me gustan las cuestas,  lo cierto es que hay ascensor y la vista es muy buena. Así que subo a la terraza, oigo durante un rato las costumbres de los caracoles, animales a los cuales envidio por dos razones que no diré para fomentar la curiosidad humana, y me tomó un café con mis amistades mientras miro con tristeza una planta mordisqueada. Y entre tanto, Sigilo, el caracol sigiloso, se desliza sobre su propia baba, feliz, indiferente a que vive de 2 a 7 años, y apáticamente insensible al hecho de que los caracoles no son, ni lo han sido nunca, populares como mascotas.

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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