¡EL PULPO ESTÁ VIVO!

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¡EL PULPO ESTÁ VIVO!

 

Ir a la cocina a trocear el pulpo y encontrar con que no está…

No, no tengo gato, ni perro. Y no hay nadie en casa que no sea yo.

Tampoco he perdido repentinamente la memoria y he dejado el pulpo en el salón o en el dormitorio. No llego a tanto. El caso es que llamaron por teléfono, solté el pulpo en la encimera, me limpié las manos en un trapo y me fui a contestar el teléfono. Cuando volví, el pulpo no estaba.

Los pulpos cocidos no caminan, esto lo digo por si alguien no lo sabe. Tampoco vuelan, ¡no son patos!

De modo que me senté en una banqueta y recapacité. Ya es bastante que a una se le cabreen las tostadoras (ver entradas anteriores) y la tomen con una. No sé por qué un pulpo tiene que largarse de la tabla de cortar sin dar la opción a ser cortado. ¡Un pulpo cocido, además!

Pensando que había sido un lapsus de memoria, me dispuse a buscar el pulpo. El lugar más apropiado para buscar parecía ser el frigorífico, de modo que lo abrí, pero no estaba. Miré detrás de la lechuga y de las lonchas de jamón, sin éxito. Movilicé las latas de refrescos. Nada. De modo que probé en el congelador, pero allí no había pulpo alguno.

Continúe mi búsqueda por toda la casa,  miré en todas las habitaciones, sobre todo en armarios y cajones, pero el pulpo parecía que se había volatizado. Si no fuera por los restos gelatinosos en la tabla de cortar…

 Miré la tabla de madera de haya como si esperara que pudiera explicarme lo que había sucedido, pero las tablas de madera nunca han hablado, y, me temo, nunca van a hablar.

En ese momento llamaron al timbre y abrí la puerta. No me esperaba encontrar al pulpo al otro lado, pero tampoco esperaba que no hubiera nadie. Cerré la puerta, extrañada, y entonces me di cuenta de que el timbre no era el de la puerta de arriba, así que cogí el telefonillo y pregunté quién es pensando que, en realidad, habían llamado abajo. El caso es que nadie me contestó.

El timbre volvió a sonar y me llamé estúpida a mí misma al darme cuenta de que era el teléfono. Curiosamente, nadie respondió al teléfono.

¡El móvil! Corrí al móvil pero no había nadie al otro lado de la línea.

Fue entonces cuando me di cuenta de que lo que sonaba era el despertador. Sonaba sin parar y eran las siete de la mañana.

Salté de la cama y fui a la cocina descalza y en camisón. Abrí la nevera y allí estaba el pulpo. Cocido. No vivo. No corriendo por la casa.

Por si acaso, saqué la tabla, troceé el pulpo y lo guardé para la cena.

Luego, me hice un café.

Pulpo 2

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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