EL ENFERMERO ENGUANTADO (Primera parte)

Fer censurado

Érase una vez un famoso enfermero que prestaba sus servicios en un conocido hospital de la ciudad de Zaragoza. Este enfermero, llamado Fernando, en los últimos tiempos no hacía más que suspirar pensando en su jubilación, ya cercana. Harto de tanto currar y currar solo aspiraba a jubilarse para poder darse el piro, como comúnmente se dice, y dedicarse a sus asuntos. No especularemos en estos momentos sobre los supuestos planes que el dicho enfermero pudiera o pudiese tener para los felices momentos de su jubilación, pues nos saldría un novelón bastante extenso.

El famoso enfermero, llamado Fernando, se hallaba apoyado, con aire bucólico, en el alféizar de la ventana del servicio de Urología, donde trabajaba, esperando el relevo. Se da por supuesto que todo el mundo, versado en los asuntos sanitarios o no, conoce lo que es el relevo. Por si alguien no lo sabe, esperar el relevo consiste en suspirar con desasosiego esperando a que la persona o personas que vienen a trabajar en el turno siguiente al actual, vengan.

Vaya. Creo que no ha quedado claro lo anterior. Por si acaso, lo explicaré mejor: el trabajador en cuestión suspira, mira el reloj, remueve los pies, agita la cabeza en dirección a la puerta y posiblemente se rasque la barba (si es hombre), o se toquetee los pendientes (si es mujer), mientras espera ansiosamente a que aparezca el trabajador que entra a trabajar en el turno siguiente al suyo. Cuando este citado trabajador, con cara de pocas ganas de empezar a currar, entra por la puerta, es habitualmente asaltado por su compañero/s aun antes de que haya acabado de entrar al cuarto donde es esperado. Da igual que sea pronto o tarde, que haya mucho o poco trabajo, que el que se va tenga poca o mucha prisa, en todos los casos el que viene es esperado con ansia y atacado con fiereza para que suelte la presa, o, lo que es lo mismo, para que escuche las incidencias del turno anterior y tome nota, o, en su defecto, asienta con la cabeza en clara indicación de que ha comprendido cuanto se le ha dicho.

Ahora resulta que no tengo claro si he aclarado lo del relevo o si lo he vuelto menos claro, pero me da igual, vuelvo al tema que nos ocupa: nuestro enfermero Fernando suspirando bucólicamente en el alféizar de la ventana.

Fernando llevaba una bata blanca sobre el blanco uniforme del hospital. Como era habitual en él, también llevaba guantes (se dice calzaba guantes, pero suena algo petulante, me temo). Contra lo que pudiera pensarse, nuestro enfermero no llevaba guantes porque se dispusiera a hacer alguna tarea en la cual se manipularan fluidos orgánicos (no lo digo yo, que lo dice la ley y los reglamentos internos, si se manipulan fluidos orgánicos hay que ponerse guantes). Tampoco los llevaba porque tuviera frío en las manos, pues hacía más bien calor, y tampoco los llevaba porque algún problema dermatológico hiciera necesario su uso.

El verdadero motivo de que Fernando llevara los guantes puestos ERA UN MISTERIO.

Un misterio misterioso en toda regla, pues los llevaba todo el tiempo que ejercitaba las labores propias de su cargo. Es decir, siempre en el hospital. Y lo curioso es que nadie en el hospital sabía la verdadera causa de que los llevara, cuando todo el mundo se los ponía para efectuar diversas labores, pero se los quitaba cuando las citadas labores finalizaban.

Eso sí, el ser humano es muy elucubrador. Me explicaré: si hay algo sobre lo que elucubrar, se elucubra. Si no lo hay, también se elucubra. De modo que en todo el hospital se había elucubrado, se elucubraba y siempre se elucubrará sobre cualquier misterio misterioso existente, cual era el caso. De hecho, a lo largo de los tiempos se habían expuesto una serie de teorías

sobre el hecho de que Fernando llevara guantes, y él, que no era tonto ni sordo y que conocía estos hechos, no decía que sí ni que no, aumentado con ello el misterio.

Estas son algunas de las teorías:

—Teoría de los bichos: llevaba guantes por un inmenso temor a los gérmenes y microbios varios.

Esta teoría era la más aceptada. Sencilla y fácil de asimilar para mentes comunes que no quieren discurrir mucho.

—Teoría de la obcecación: según esta teoría, Fernando habría entendido en sus principios como enfermero que había que llevar los guantes siempre puestos. A pesar de los pesares, los seguiría llevando hasta la jubilación.

—Teoría dermatológica: desde dermatitis por contacto (los jabones de hospital son famosos por causarla) hasta alergia a los apósitos, pasando por prurito psicosomático ante el contacto físico, esta teoría se basaba en una supuesta necesidad de proteger la epidermis. También esta teoría gustaba, pues a casi todo el mundo le irritan las manos los guantes de hospital.

—Teoría de la llamada de atención: una supuesta falta de atención por los progenitores del citado enfermero en su infancia habría creado una actual necesidad de llamar la atención en la actualidad, por lo tanto, Fernando llevaba guantes para que todo el mundo se preocupara por él preguntándose la causa de que los llevara, convirtiéndose así en el centro de atención.

—Teoría multiteórica: teoría inventada para suplir la falta de imaginación de la mayoría de la gente. Es un poco  larga de explicar pero vendría a ser que llevaba guantes porque sí.

Una vez explicadas estas teorías, regresemos a nuestro enfermero, suspirando en el alféizar de la ventana esperando el relevo. No he metido el anterior rollo de las teorías porque sí, sino más bien porque viene a cuento, ya que Fernando estaba pensando en LO QUE SUCEDIÓ.

¿Y qué sucedió? os preguntaréis, hartos ya de tanto rollo y deseosos de que explique de una maldita vez el misterio del enfermero enguantado. Pues lo que sucedió, hace ya algunos años, no diré cuántos, es lo siguiente:

…Continuará…

 

 

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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