EL ENFERMERO ENGUANTADO (Segunda parte)

P1000315CÓMO EL ENFERMERO FERNANDO SE CONVIRTIÓ EN EL ENFERMERO ENGUANTADO

Un joven enfermero Fernando colocaba una vía nueva venosa de perfusión (un gotero, vamos), a una mujer algo arisca que acababa de subir de Urgencias aquejada de una grave infección.

—Haga el favor de estarse quieta —le decía Fernando a la mujer, la cual, no solo tenía unas venas finas y sinuosas, sino que, además, tenía la fea costumbre de mascullar palabrotas.

—Tu p… madre —refunfuñó la mujer al oírle.

—Estáte quieta, madre —le dijo su hijo, sentado en un sillón sin levantar la cabeza,  mientras leía el periódico. La mujer contestó con varios exabruptos más y Fernando le dijo al hijo que esperara fuera.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Marisa, la auxiliar, entrando en la habitación a la vez que salía el hijo de la paciente con el periódico en la mano.

—Lo que necesito es una vena —murmuró Fernando. Marisa se acercó a la mujer e intentó calmarla sin conseguirlo.

—¡¡Tú no me pinchas!! —vociferó la mujer en cuanto vio lo que suele llamarse aguja en  manos del enfermero.

—Hay que ponerle la medicación… —intentó explicar Fernando con gran paciencia.

—Tiene mucha fiebre… —añadió Marisa, dándole unas palmaditas en el hombro a la mujer, la cual le soltó un manotazo sin contemplaciones.

—Pues hay que pincharle —dijo Fernando secándose el sudor de la frente con la manga.

—¡¡Que tú no me pinchas, mecagüen en todo lo que se menea!! —gritó la mujer—. ¡¡Como me pinches te maldigo!!

—Pero mujer… —comenzó Fernando, desalentado.

Marisa intentó de nuevo tranquilizar a la paciente. Esta le escupió.

—Pues sí que estamos bien —murmuró Marisa, a quien el escupitajo le cayó en toda la cara—. Ahora vuelvo, Fernando.

Fernando suspiró y se sentó, con el abocath en la mano (la aguja, para los profanos), en el sillón en el que estaba sentado antes el hijo de la paciente.

—¿No comprende que es por su bien? Tiene mucha fiebre y hay que ponerle la medicación…

La mujer sonrió con satisfacción mostrando unos dientes en bastante mal estado.

—Puedes pincharme —dijo de pronto.

Fernando se animó.

—¿Se va a estar quieta? Mire que si se mueve le puedo hacer daño.

—Pínchame y cada enfermo al que le pongas la mano encima desaparecerá de este mundo.

—¡Pero mujer, qué dice!

—¡Que te maldigo hasta que te jubiles!

—¿Pero qué dice de maldiciones, qué le he hecho yo?

—¡¡Que me pinches!! —gritó la mujer—. ¡Pínchame, mecagüen todo lo que se menea!

De modo que Fernando colocó la vía.

Cuando entró Marisa, el gotero estaba perfectamente colocado y la mujer tranquila.

—¿Todo bien, madre? —preguntó el hijo cuando entró de nuevo en la habitación, esta vez sin periódico y con un vaso de café en la mano.

—Sí, cariño —dijo la paciente sonriente. Ni a Fernando ni a Marisa les gustó su sonrisa.

Y hasta aquí es la historia. ¿Y qué pasó después? preguntaréis. Pues pasó que Fernando no notó nada raro hasta que tuvo que poner otra vía.

—¿Dónde esté el abuelo de la 7? —le preguntaron sus compañeros.

—¿Dónde va a estar? En su habitación. Acabo de ponerle el gotero.

—Pues no está.

—¿Cómo que no está?

Pues no estaba. El paciente había desaparecido sin dejar rastro y al final hubo que hacer un parte de fuga. Y eso no fue lo malo: al día siguiente la historia pareció repetirse:

—Jo, Fernando, a ver qué haces que se te escapan todos los pacientes.

—¿Pero qué dices?

—Ha desaparecido otro. El del 10.

—¡Estará en el baño!

—Ya hemos mirado. Y en el pasillo, y en la sala de espera, y en la cafetería.

—Pues habrá ido a dar un paseo. ¡No voy a tener yo la culpa!

El enfermo fue buscado por todo el hospital sin éxito alguno.

—Ya van dos partes de fuga en dos días —murmuró una enfermera mirando a Fernando.

—¿Pero qué tendré yo que ver?

—Hombre, que era broma. No te preocupes, es solo mala suerte.

Pero el caso es que la cosa dejó de parecer una broma cuando la historia se repitió dos veces más: enfermo que tocaba Fernando, enfermo que desaparecía misteriosamente. Los partes de fuga iban a la orden del día.

—Cualquier día viene el CSI —decían en la planta.

—¿El del 18 también ha desaparecido?

—No, ese no.

—Entonces no es ninguna maldición: Fernando le acababa de curar.

—¿Lo ha tocado y no ha desaparecido? —se burlaron.

—Lo habrá tenido que tocar para curarle, claro.

—Bueno, para curar llevas guantes. Igual es eso.

—¿Igual es qué? —preguntó Fernando haciendo su aparición y creando un silencio incómodo.

—Eh… el 18 sigue aquí.

—¿Cómo que sigue aquí? ¿Qué quieres decir?

Sus compañeros, tras lanzarse miradas incómodas, le contaron lo que habían estado hablando.

—Tú dijiste que esa mujer te había lanzado una maldición.

—Bueno… seguramente sea casualidad.

—Pone guantes para todo a ver si deja de desaparecer gente.

Aunque a Fernando le pareció una tontería en ese momento, más tarde lo pensó y decidió hacer caso. Durante unos días se puso guantes absolutamente para todo hasta llegar a acostumbrarse por completo. Los enfermos que tocaba dejaron de desaparecer y Fernando acabó por tranquilizarse, pensando que todo había sido una serie de circunstancias fortuitas.

Sin embargo, un día, en el telediario, se quedó helado: al hablar de lo lleno que estaba Salou en vacaciones, vio allí, en la playa, en primer plano, a uno de los enfermos presuntamente desaparecidos.

—¡Es él! —gritó. Su mujer, perpleja, pensó que le había dado un periflús.

—¿Es quién?

Fernando se vio obligado a explicar todo de principio a fin.

—Entonces no es una maldición —dijo su mujer—. Son casualidades de la vida. Olvídate.

Fernando, aliviado y contento, volvió al trabajo.

Y tomó la tensión a un enfermo sin guantes.

Y el enfermo desapareció.

—Ha desaparecido el 17 —dijo la supervisora, carraspeando, apareciendo a su espalda.

—¡Y a mí que me cuentas! —gritó Fernando, harto del tema—. ¡Estará en la playa!

*****

Como es lógico suponer, Fernando volvió a usar guantes y los pensaba seguir usando hasta el día de su jubilación.

Por si alguien se lo pregunta, intentó hablar con la mujer que le echó la maldición. La mujer, como en los cuentos de brujas, había desaparecido. Inútiles fueron todas las pesquisas para hallarla. Desesperado, Fernando puso un anuncio en el periódico (hoy en día se pondría en Internet, entonces no se estilaba).

A su anuncio respondió una mujer joven que dijo ser bruja.

—¿Cómo dice?

—Por lo que cuenta, le han echado una maldición. Necesita a una bruja y yo soy una bruja.

—Uff.

—Quedemos en una cafetería y le explico.

De modo que Fernando quedó con la bruja en una cafetería y esta le dijo que la maldición solo podía quitarla la persona que se la echó.

—¿Y entonces? ¿Qué solución me da?

—Le ofrezco que todo el mundo se olvide de este asunto.

—¿Yo también?

—Usted no, claro está. Usted forma parte de la maldición. Imagínese, sus compañeros ya no le mirarán mal.

—Es cierto —se ilusionó Fernando.

—Eso simplificará su vida.

Bueno, sí la simplificó. Fernando pagó a la bruja y todo el mundo olvidó el asunto menos él. Al cabo de los tiempos, empezaron las elucubraciones y las diversas teorías: que si llevaba guantes por miedo a los gérmenes, porque se lo había recomendado su dermatólogo etc.

En la actualidad, Fernando, a punto de jubilarse, sonríe al pensar en todas las tonterías que los demás piensan.

Pronto me jubilaré, piensa, acodado en el alféizar de la ventana. Suspirando bucólicamente, espera el relevo.

—Fernando, ¿me das el cambio o qué?

Fernando se gira para dar el cambio a la compañera de la noche.

Y adiós a los guantes.

 

  

©Pilar Gonzábar, 4 de abril 2015

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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