COLCHONES GIRATORIOS

Colchones giratoriosB

Era principio de trimestre y, según el calendario-agenda de la cocina, tocaba dar la vuelta al colchón, así que cambié las sábanas, abrí la ventana, puse la lavadora y me dispuse a voltear tranquilamente el colchón como aconsejan los fabricantes. Lo que no esperaba es que pesara tanto, y por un momento me pregunté si estaba necesitada de vitaminas y/o minerales.

El colchón se gira cada tres meses y se voltea cada seis, según los expertos, insisto, para que no se deforme y esas cosas. (Vamos, que si lo dejas siempre igual, acabas durmiendo en un hoyo). Yo lo tengo apuntado en el calendario-agenda, porque si no, nunca me acordaría, la verdad.

Siempre me parece que pesa más. Hay quien dice que es por el polvo, los ácaros y otras cosas que es mejor no saber, pero yo creo que los pobres ácaros no tienen la culpa de todo, y menos de mi falta de fuerza: lo más probable fuese que yo no hubiera desayunado en condiciones.

—¡J…, cómo pesa el condenado! —exclamé sin poder contenerme. Contra lo que la mayoría de la gente suponéis, por eso de que hablo con peluches, no acostumbro a hablar sola, únicamente cuando me doy un golpe en la esquina de la mesa de centro del salón o cuando piso sin darme cuenta la cocina que acabo de fregar. En esos casos lanzó un par de improperios al aire, como todo el mundo.

Lo que nunca hubiera esperado, ni siquiera en sueños, es oír lo siguiente:

—No te j… la tía, ¿pues no me ha llamado pesado?

Del susto, dejé caer el colchón y este se enfadó:

—¡Ay! ¡¿Pero es que te crees que soy de piedra, idiota?!

Atónita, no podía creerlo: ¿mi colchón insultaba y decía palabrotas?

—Me he asustado —contesté, sintiéndome algo absurda: una cosa era tener una pacífica charla con un peluche y otra dirigir la palabra a un objeto maleducado.

—¡Ya estoy harto de que me llames pesado cada vez que me giras!

Estuve a punto de responder que era porque pesaba mucho, pero me percaté a tiempo de que eso le irritaría más, así que me atuve a la explicación de que había desayunado poco.

—¡Pues cómete una tostada y dame la vuelta de una vez! ¡Quisiera estar tranquilo hasta el próximo trimestre!

Como en un sueño, le dije que sí y me encaminé a la cocina. Mientras me comía una tostada, me decía a mí misma que era tonta porque hacía caso a las exigencias de un artefacto fabricado para dormir encima. Con un estremecimiento me di cuenta de que el dichoso colchón podía quejarse de que me tumbara encima de él. ¿Tendría que comprar otro colchón de mejor carácter?

Me acabé la tostada, suspiré y volví dispuesta a ser más enérgica con él.

—Ya estoy aquí —dije, y de nuevo me sentí bastante tonta por hablarle.

—Hala, pues —replicó el colchón con sorna.

Cogí aire y alcé el colchón, lo puse de lado, le di la vuelta, y luego lo giré. Me esforcé en dejarlo caer suavemente, deslizándolo, en vez de soltarlo sin más como mis brazos suplicaban. Decididamente, me dije, estoy debilucha.

—Ah —suspiró el colchón. Parecía contento. Saqué las sábanas limpias del armario e hice la cama. Mientras tanto, el colchón permanecía en silencio. Cerré la ventana y seguía sin decir nada. Qué alivio.

Pero yo no estaba tranquila del todo, de modo que, antes de abandonar el dormitorio para irme a comprar al supermercado, levanté una esquina del edredón y me asomé por debajo.

—¿Todo bien? —pregunté.

—¿Pero qué puñetas te pasa ahora?

Hice acopio de valor, disgustada conmigo misma por temer herir los sentimientos de un colchón.

—No quisiera temer herir tus sentimientos por dormir encima de ti y aplastarte.

El colchón bufó.

—No sé de dónde te han sacado —dijo, y de repente cambió de táctica y empleó un tono de voz de infinita paciencia—: me fabricaron para que durmiera gente encima. Si nadie durmiera sobre mí, no tendría sentido mi vida. Y con esto hemos acabado esta tonta conversación.

No repliqué nada: ¿qué podía contestar? El colchón parecía haber dicho todo lo que tenía que decir y yo me dispuse a salir del cuarto.

—Y no te olvides —sonó su voz de nuevo cuando yo ya estaba en el pasillo—, de girarme de nuevo dentro de tres meses. Quisiera que no me salieran hoyos ni bultos raros.

—Claro —contesté. Volví a la cocina y permanecí un rato contemplando  la tostadora, o mejor dicho, mirándola sin verla, ya que no acababa de creer que un colchón me hubiera hablado de forma tan grosera. Finalmente, recogí la tostadora y taché en el calendario-agenda de la pared: “vuelta completa colchón”.

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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