LA MOPA ESCURRIDIZA

LA MOPA ESCURRIDIZA: PRIMERA PARTE

Mopa 1

Harta de que le frotaran la cara enérgicamente por los pasillos y recovecos de un hospital público, Flecos,  nuestra protagonista de hoy, pasó toda una noche  tramando un plan de huida. Necesitaba unas vacaciones y no parecía que fueran a dárselas nunca. Todo lo contrario, trabajaba todos los fines de semana sin descanso. Y, como si no tuviera bastante, el palo se quejaba de ser esgrimido con fuerza excesiva. Claro que el palo era algo quejica, pero ya se sabe que nadie es perfecto.

El día comenzó temprano, como de costumbre, y como de costumbre fue mojada, estrujada y paseada por todos los suelos habidos y por haber.

—No sé qué le pasa a la mopa hoy —comentó Sofía, haciendo que Flecos diera un respingo. Sumida en sus cavilaciones, se había agarrado al suelo con fuerza y ahora la limpiadora la miraba como si estuviera cubierta de mugre.

Vaya mierda, dijo Flecos, aunque solo le oyeron los utensilios de limpieza. Como todo el mundo sabe, los humanos no son capaces de oír a los objetos cuando conversan.

El cubo, que era algo gruñón, le echó un rapapolvo por su grosería, y, de paso, su falta de dedicación. Flecos le contestó que se metiera en sus asuntos. Mientras, Sofía y una enfermera la contemplaban con extrañeza, pues parecía limpia pero no limpiaba bien. Solo faltaba que la cambiaran por otra, de modo que Flecos decidió esmerarse lo que quedaba de jornada para no levantar sospechas.

—Igual está muy usada —sugería la enfermera. Sofía meneó la cabeza negativamente.

—No, está en buen estado.

—Pues será el suelo, que es de mala calidad.

Las dos mujeres comenzaron una absurda conversación sobre la mala calidad de los suelos. Afortunadamente, Sofía había vuelto a  emprender la limpieza mientras dicha conversación tenía lugar, para el alivio de todos en el carro de limpieza.

—Ya parece que va bien —murmuró Sofía, mientras la otra se alejaba a atender un timbre despotricando en voz baja sobre la calidad del material. Flecos confió en que no se refiriera a ella con lo de la calidad, solo faltaba que la desecharan antes de conseguir tomarse sus tan merecidas vacaciones.

Más tarde, en su rato de descanso, Flecos trazó varios planes para cambiar su rutinaria vida, pero ninguno le parecía viable. Mientras suspiraba, frustrada, en el pasillo, sin escuchar la cháchara insustancial que mantenía el cubo de los desperdicios con el rollo de bolsas, pasó junto a él una cama arrastrada por una celadora. La cama salía de la habitación rumbo a los ascensores. Bloqueando mentalmente cualquier pensamiento sobre la prudencia de lo que se disponía  a hacer, Flecos tomó impulso y se agarró a los bajos de la cama. No sabía a dónde le llevaría su loca aventura, pero no le importaba.

Mientras se alejaba la cama por el pasillo, oyó, como en un sueño, los gritos horrorizados del cubo de la fregona para que volviera.

*****

La cama, tras enfilar el pasillo, giró a la izquierda para dirigirse a los ascensores. Flecos tenía miedo, pero el somier de la cama estaba encantado de tener compañía.

—Solo pasa por aquí alguna pelusa de tanto en tanto  —explicó. Flecos murmuró algo que no se entendió bien—. Estás nerviosa —le dijo el somier—, es comprensible, las mopas sois poco independientes.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, soléis ir siempre con un palo, ¿no?, y viajáis en el carro de la limpieza. ¿Qué te ha hecho cambiar de vehículo? Nunca he visto una mopa viajar en cama.

—Quería cambiar de aires. Ir a otro sitio. Hacer otra cosa. ¡Necesito vacaciones!

El somier parecía sorprendido. Comentó que las mopas siempre van de un lado a otro y hubiera seguido con el tema si en ese momento no hubiera aprovechado el  colchón para decirles que hablaran más bajo, que lo habían despertado.

—¡Tú siempre estás durmiendo! —le espetó el somier, sorprendido pero sin ofenderse. El colchón  no se dignó contestar y Flecos aprovechó para hacer la pregunta que desde hacía un rato temía hacer:

—¿A dónde vamos?

Sin duda, el somier era el ser más educado que la mopa había encontrado en su vida, porque, tras un ligero carraspeo, le contestó suavemente y sin hacer juicios por su ignorancia:

—Al quirófano.

Flecos se quedó helada.

Afortunadamente, el somier explicó a la asustada mopa que no iban a entrar al quirófano. Al parecer, esperaban en otro sitio a que el paciente que iba a ser operado estuviera listo para volver.

—Claro que solemos estar un rato en el Despertar.

—¿Qué es eso? —por un momento, a Flecos le pareció que sonaba como algo religioso. Esperaba que nadie le echara en cara sus imprudentes acciones.

—Es la sala de reanimación.

Más sorprendido aún, Flecos olvidó lo de la connotación religiosa para imaginarse ahora una sala de masajes. La explicación que le dio el somier le dejó un rato sin habla.

—No sé qué aventuras te esperabas… —murmuró el somier, confundido. Flecos contestó que, en realidad, no tenía ni idea de lo que había esperado.

—¡Vamos para adentro! —gritó entonces alguien, y Flecos, desde su puesto en los bajos de la cama, vio muchas piernas.

—¿Qué sucede? —preguntó, con todas las fibras erizadas por el temor.

—Oh, nada, que pasan el enfermo a la camilla.

—¿Y luego?

—Luego lo llevan al quirófano.

—¿Y nosotros?

—Nosotros echamos la siesta.

Continuará…

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

One response to “LA MOPA ESCURRIDIZA

  • EL SECUESTRO DEL COMPLEMENTO NOCTURNO | pilargonzabar

    […] Cualquiera se hubiera preocupado enseguida, pero ambas, María y Elena,  trabajaban en la planta de Urología de un conocido hospital zaragozano. Y sí, esta información puede parecer intrascendente pero es relevante, ya que , para bien o para mal, es del dominio público que en esa planta suceden cosas extrañas, y no nos  referimos a que suenen los timbres solos, pues eso pasa en todas las plantas del hospital. Cosas extrañas son que haya un agujero negro en el almacén que comunique  directamente con el bar Artigas (la pena es que no siempre está abierto dicho agujero y nadie sabe de qué depende), que a veces  aparezca algún fantasma saxofonista, o, más recientemente, que los utensilios de limpieza decidan que están aburridos y se den el piro. Que le pregunten a Sofía si pasan o no cosas raras en esa planta (https://pilargonzabar.com/2016/08/25/la-mopa-escurridiza/) […]

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