LA MOPA ESCURRIDIZA: SEGUNDA PARTE

Mopa 2

Continuación

Flecos proclamó con voz quejosa que, desde luego, aquello era un aburrimiento.

—Si tú lo dices—, se quejó el somier con un chirrido metálico. Más arriba, el colchón estaba gimiendo y lamentándose,  aguantando el trasiego que tenía lugar sobre ellos, y la almohada le decía que se callara, que le estaba poniendo de los nervios.

—¿Las sábanas y la manta no dicen nada? —preguntó Flecos en un susurro al somier.

—¡Ay! —se lamentó el somier, y luego suspiró aliviado. Flecos vio alejarse a todas las piernas acompañadas por las patas con ruedas de una camilla—. ¿Decías?

La mopa repitió la pregunta.

—Las mantas siempre están sobando —contestó el somier con un chirrido suave que equivalía, supuso la mopa, a un encogimiento de hombros humano—, y  a las sábanas les encanta el trajín. Entre tú y yo, son algo masocas.

—¿Sí?

El somier se rió al notar la estupefacción en Flecos y añadió:

—Cuánto más les estrujan más les gusta. Les chifla que las metan en la lavadora. Y cuando las planchan… bueno, gimen de gusto.

—No necesito tantos detalles —gruñó Flecos, pero luego se dijo que estaba siendo antipática, por lo que se disculpó y le agradeció al somier toda la ayuda que le estaba prestando.

El resto del día Flecos tuvo tiempo de arrepentirse mil veces de su loca aventura. Tenía que haberlo meditado bien y no haberse lanzado sin más. Bostezando, observó el regreso de la camilla con el enfermo.

—¿Por qué no meten la cama en el quirófano? —preguntó.

—Dicen que está llena de microbios. —Ahora sí, la voz del somier sonaba muy ofendida. Sin embargo, pronto recobró su tono diplomático habitual para añadir—: A veces sí que la entran, pero creo que es cuando alguien tiene muchos huesos rotos o algo así. No me hagas caso. ¡Mira! ¡Ya estamos en la sala de la que te he hablado!

Flecos se estiró como pudo para ver un sitio lleno de camas y televisiones que el somier le explicó que se llamaban monitores.

—No me gusta.

—Es lo que hay. Perdona, voy a echar un sueñecito.

El somier se durmió, y, a juzgar por los ronquidos, el colchón también. Las sábanas charlaban alegremente con un monitor, pero a Flecos no le llegaban bien las voces y tampoco quería inmiscuirse.

—Bloba —dijo entonces alguien. Flecos no tenía claro quién había hablado ni lo que había dicho, y se estiró de nuevo en busca del que había hablado—. Bloy yo —dijo la voz, acompañada por un extraño sonido burbujeante—: el oblígeno.

—¡Ah, el oxígeno! —Aliviado, Flecos vio un extraño recipiente de plástico lleno de agua con muchas burbujas. Nunca había visto ese utensilio antes pero había oído hablar de él.

—Blí, aunble en bleablidad bloy el blumidifiblador.

—¿Perdona?

—No quiero meterme —intervino entonces una papelera situada cerca—, pero te voy a traducir, porque esta conversación parece de besugos—. Flecos no entendió lo de los besugos, que al parecer eran unos peces, pero le dio las gracias educadamente—. Este es el humidificador, sirve para que el oxígeno no le llegue al paciente muy seco.

—Ah —Flecos estaba asombrado por tanta sabiduría—. Cada día se aprende algo nuevo.

—Ble dicho oblígeno blara que ble entenbliera.

—Ya, ya… En fin, mopa, al humidificador le gusta llamarse oxígeno a sí mismo, a fin de cuentas, el oxígeno nunca dice nada y al burbujas  le suena más importante.

—¡Oble, no bleas anblipática! —protestó el humidicador, soltando unas burbujas especialmente gordas.

—Por favor, no discutais —rogó Flecos, y la papelera decidió meterse en sus asuntos, es decir, no volvió a traducir ni a decir nada.

—Blu blu blu —dijo entonces el  humidificador. Al parecer, según observó Flecos, una enfermera había subido el flujo de burbujas y ahora solo se oía ese ruido. Ni siquiera le llegaba la conversación de las sábanas. Como era un sonido que daba sueño,  echó también una siesta, como el somier y colchón,  hasta que se pusieron de nuevo en marcha.

—¿Y ahora? —preguntó al somier en que sintió que se había despertado.

—Regresamos.

—¿A la habitación?—preguntó la mopa esperanzada. El somier asintió—. Tengo ganas de volver. Perdona, me ha gustado mucho conocerte pero creo que Sofía estará preocupada por mí.

El somier conocía perfectamente a Sofía, y confesó que le daba envidia, que por él nadie se preocupaba.

—Te iré a visitar —prometió Flecos.

—Eres muy amable. Mira, ya llegamos. Tu carro está en el pasillo, ¿quieres volver a él o prefieres entrar en la habitación con nosotros?

—Volveré a mi carro… Me encanta haberte conocido, y te doy de nuevo las gracias por tu ayuda, pero quiero volver con mis colegas.

—Claro, es muy comprensible.

*****

—Ya tengo todas las mopas —comentó Sofía al personal de enfermería.

—¿Ha aparecido?

—¿Dónde estaba?

—¿Limpia o sucia?

Sofía contestó a tanta pregunta informando que la mopa había aparecido, sí, algo manchada, en el carro.

—Tendré que echarla  a lavar.

Desde el carro de limpieza, Flecos, feliz de estar de nuevo con sus compañeros, se dijo que no quería volver a correr aventuras por un tiempo.

—Qué  bien se está en casa —murmuró, mientras la llevaban a la lavadora.

 

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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