LA LIBERACIÓN DEL COMPLEMENTO NOCTURNO

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LA LIBERACIÓN DEL COMPLEMENTO NOCTURNO

Cuando alguien dice que va a imponerte sus condiciones esperas que  no te gusten mucho, pero que, al menos, sean factibles. Por eso los tres componentes del LICOR (Liberadoras del Complemento Nocturno), se quedaron al mismo tiempo boquiabiertas al oír lo que las secuestradoras exigían.

—Eso no son exigencias —dijo María cuando recuperó el habla—: para empezar, es una sola exigencia, y para continuar, ¡es imposible!

—Sabíamos que diríais eso —declaró, muy ufana, la secuestradora más alta de las tres. Su compañera pelirroja, pues un mechón revelador se le escapaba del gorro quirúrgico, le dio un codazo y le susurró con preocupación:

—Tiene razón en que solo es una exigencia.

—¡Es que somos muy generosas!

—¿Pero os habéis parado a pensar —intervino Asun, saliendo del modo perplejo en que había caído— en que eso que pedís no está en nuestras manos?

—¡Tonterías!  —exclamaron las otras al unísono.

Se hizo un silencio extraño, roto repentinamente por un canturreo que llamó la atención de todas las presentes. Las seis, secuestradoras y liberadoras, miraron juntas hacia donde salía el canturreo: sorprendentemente, Elena, la secuestrada, ordenaba los goteros de cristal y les quitaba el polvo con un trapo que, supuestamente, había encontrado por ahí.

—¿Qué  pasa? —Elena se había sentido observada y había dejado de canturrear—. ¿Tengo que entretenerme con algo, no?

—¡Pero no les ordenes el almacén! —Pilar estaba horrorizada.

—Oh, no  nos importa —se apresuró a decir la pelirroja.

—¡Es el colmo! —Asun  estaba muy ofendida:— ¡Encima de secuestro, esclavismo!

—¡Aquí no hay ningún esclavismo! —protestó la pelirroja.

—Lo hace voluntariamente —añadió la alta.

—Y parece feliz —dijo la otra, que no parecía tener ningún rasgo distintivo—. Por lo menos, canta.

—¡Estoy aburrida! —se quejó Elena—. ¿Me liberáis o no?

—Pero Elena —María intentó razonar—, ¿cómo vamos a conseguir que nos trasladen a Fulgencio?

—Yo ni me acordaba de él —murmuró Pilar.

—Y yo no me creo que esté aquí por tercera vez —declaró Asun.

—¡Os lleváis a Fulgencio o nos quedamos a vuestra compañera! —susurró ferozmente la secuestradora alta.

—¡Eh! —protestó Elena—, ¡no habléis de mí como si fuera un objeto!

—Perdona —le dijo la secuestradora— pero esto es un secuestro, y te quedas con nosotras hasta que nuestras exigencias sea satisfecha.

—Exigencia —le rectificaron todas las demás.

***

—No puede ser —contestó Victoria—, no hay nadie para dar de alta.

—Ya sabemos que la planta está llena pero…

—Tenemos tres en Urgencias que… —empezó a explicar otro de los médicos, pero ellas no escuchaban ya: estaban horrorizadas. Si no conseguían que dieran un alta, Fulgencio, el enfermo de la UCI, no podía trasladarse a la planta.

—¡Eh!

El comando LICOR se sobresaltó en pleno. Al parecer, Victoria había estado hablando sin que ellas se enterasen de nada. Otros dos médicos se habían acercado a ver qué pasaba.

—Que qué interés tenéis —resumió la doctora.

—Oh, es… bueno, es por Fulgencio —explicó María, carraspeando. ¡Iban a pensar que estaban locas!

—¿Fulgencio?

—Sí, el de la UCI.

Uno de los médicos se rió.

—¡Todos sabemos quién es Fulgencio!

—Y menos mal que está en la UCI, cada vez que lo operamos de algo se estropea de otra cosa… —intervino una residente—. He oído que en la UCI están desesperados con él, se ha debido volver muy exigente…

—Como haya que operarle otra vez…

Siguió a continuación una animada conversación técnica sobre las diversas operaciones quirúrgicas que aturdió a las del LICOR,  así que finalmente salieron del despacho sin saber qué hacer, ya que no había nadie para dar de alta, lo cual era raro, y, por otra parte, era muy difícil que a un paciente, de pronto, le diera por pedir el alta voluntaria.

Victoria les había seguido al pasillo.

—¿Qué pasa con Fulgencio?

El LICOR consideró que era mejor que lo supiera y le contaron todo.

—¡Esto no se puede consentir!

—¡Baja la voz!

—¡No hables tan alto!

—¡Pero es que hay que rescatar a vuestra compañera y ya!

—Dinos algo que no sepamos —suspiró Asun.

—Solo se me ocurre dar un alta de fin de semana a alguno de los que esperan pruebas el lunes… Y cuando venga el lunes ya habremos dado algún alta.

—Tendrás que hablar con los de la UCI —le recordó María.

—Oh, no hace falta: llevan varios días llamando a ver si nos llevamos al pobre hombre. Me da pena. ¿Es cierto que en el box de al lado han puesto una queja porque grita?

—Y porque ronca, sí, nadie nos creía a nosotras y ahora han visto que es verdad, que sus ronquidos son terroríficos. La familia acabó bajando a Atención al Paciente y  desde allí llamaron a  las enfermeras que dijeron que el hombre llevaba medicación tranquilizante para parar un tren…

—En resumen: no consiguieron nada —terminó Asun.

***

Al día siguiente, para regocijo del LICOR y de las pocas compañeras que estaban en el secreto, el paciente de la habitación 5 se fue de alta. Nadie le insinuó que se fuera ni nada parecido, ni tan siquiera se trataba de una alta voluntaria, sencillamente expulsó un cálculo espontáneamente y, tras comprobar que no tenía ninguno más y que se encontraba estupendamente, se le dio el alta médica.

El de la 5 se fue muy contento y la habitación fue limpiada a toda prisa para un enfermo de UCI.

—¡Lo que nos faltaba! —exclamó una enfermera que no sabía nada del secuestro—. ¡Fulgencio otra vez! ¡Me da terror que tosa por si se le saltan los puntos!

—Pues dicen  —intervino otra compañera—que en la UCI otro paciente le ha puesto una queja por montar escándalo.

La sufrida Elena fue liberada ese mismo día. Vino a la planta a la vez que Fulgencio, con quien trabó amistad en el ascensor y le aconsejó que no tosiera. Por su parte, Fulgencio estaba contento de estar en la planta, ya que en la UCI estaban todo el rato diciéndole que hablara bajo y estaba más que harto.

—Espero que no me operen más —comentó mientras le tomaban la tensión, ya en la habitación.

—Tenga cuidado con… —empezó la enfermera.

—Con toser, ya lo sé, me lo habéis dicho cien veces. En la UCI  que no grite, y aquí que no tosa. Y no volváis a decirme que me compre una faja más grande, ya está encargada.

—Ah, menos mal.

***

El complemento nocturno Elena se tomaba un zumo mientras narraba sus peripecias a unas  compañeras. La mayoría no estaban informadas para evitar que montaran escándalo, así que una que apareció en ese momento y que no sabía de qué iba la cosa le preguntó que por qué había estado en la UCI.

—Oh, estaba aprendiendo —explicó Elena tranquilamente.

—¿Has hecho una especie de cursillo intensivo?

—Algo así. Han quedado muy contentas: nunca han tenido el almacén tan ordenado.

—Vaya… Chicas, ¿alguien grita?

—Debe ser Fulgencio.

—¿Está aquí otra vez?

—Pues sí.

—¿Y no sabe llamar al timbre?

—Ha llamado al timbre. Está gritando por el interfono.

Como veis, el complemento  nocturno volvió a su planta sana y salva y sus secuestradoras quedaron tan contentas que hasta se disculparon por haberla secuestrado en el ascensor, cuando ella les había preguntado ingenuamente por el famoso Fulgencio.

Que conste que  el señor Fulgencio es bastante agradable cuando no le da por gritar, roncar o anunciar que se le han saltado los puntos… de nuevo.

Obviamente, este señor es ficticio. Tampoco nadie ha secuestrado a nadie y nadie piensa en librarse de nadie.

Aclaramos esto porque aún hay gente que busca el agujero negro del almacén. E incluso nos han mandado correos para quejarse de que un peluche pueda decir esto o lo otro, diciéndonos que todo el mundo sabe que los peluches no hablan.

Qué absurdo.

Siempre han hablado.

 

 

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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