EL HOMBRE INVISIBLE TAMBIÉN LEE

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El otro día por la mañana estaba yo tomándome un café en una taberna irlandesa cuando me sucedió algo insólito. Había poca gente y yo estaba dando un vistazo alrededor, algo aburrida, cuando me quedé atónita al ver algo inusual junto a la barra. Los ojos casi se me salieron en mi esfuerzo por enfocar lo que creía que no estaba viendo con claridad. Sin embargo, tuve que llegar a la conclusión de que estaba viendo un libro abierto en el aire.

Encontrar un libro abierto en el aire es raro, pero la cosa se vuelve sobrenatural cuando las páginas se vuelven, en apariencia, solas.

Siempre he pensado que para pasar las hojas de un libro hace falta una mano (o un pie, o una prótesis o algo similar, por contemplar todas las posibilidades); en cualquier caso yo creía que era imposible que las hojas pudieran volverse mágicamente sin empleo de un algo que hiciera de intermediario.

Al parecer, no es imprescindible. O quizá, me dije, es que el hombre invisible también lee. No había contemplado esa posibilidad. Decidí  acercarme y preguntar para salir de dudas.

Debo decir que aproximarme a la barra de un bar y hablar a un taburete vacío con un libro abierto en el aire más o menos frente a él es una de las cosas más raras que he hecho nunca.

—Hola, ¿hay alguien ahí?

—¿Qué se le ofrece?

—…

No pude replicar debido a la estupefacción producida por oír una voz y no ver un cuerpo cuando mi mente me decía que debería haber uno.

—Dígame —insistió la voz.

—Perdone, no tenía claro si había alguien sentado en ese taburete.

—¿Acaso no ve el libro?

—Eh… Sí, veo un libro.

—Los libros no se leen solos.

—No, que yo sepa.

—Así que usted puede deducir fácilmente que hay una persona leyendo.

—Tiene usted razón.

El libro se cerró en el aire y fue depositado en la barra por unas presuntas manos invisibles.

—La noto perpleja.

Asentí: estaba perpleja.

—Soy invisible —reconoció la voz.

Me dio la risa floja, pero intenté controlarme. No sé si lo conseguí del todo, pues el desconocido carraspeó.

—¿Le parece gracioso?

La verdad es que no me lo parecía, y así se lo dije. Se hizo el silencio al callar la  voz. Era una voz de hombre, grave, sin duda de alguien de bastante edad.

—Es el primer hombre invisible que conozco —dije al cabo de un par de minutos.

Entonces el hombre me sorprendió echándose a reír. Qué curioso.

—No quería faltarle al respeto —añadí,  por si acaso.

—Oh, no se preocupe: estoy acostumbrado.

—Bueno, pues, hasta otro día.

—Adiós.

Me alejé despacio. Al llegar a la mesa donde había dejado mi café a medio tomar miré nuevamente hacia la barra, esta vez de reojo: el libro se había levantado en el aire y el hombre invisible, obviamente, estaba leyendo de nuevo.

El libro parece interesante, me dije a mí misma, quizá si el hombre vuelve otro día le pregunte si me lo recomendaría. Ahora mejor lo dejo leyendo: parece que no le gusta que le interrumpan.

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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