LAS CUCHARILLAS ESCURRIDIZAS

Cucharillas escurridizas

 

La mañana del día de Reyes del año 2018, es decir, el 6 de enero, en una casa habitada por un jubilado con barba blanca de mediana longitud, tenía lugar una frenética y exhaustiva búsqueda.

Afortunadamente no se había perdido nadie: lo que el jubilado buscaba afanosamente por cajones y armarios era una caja de cartón. Sin duda alguna parecería extraño ese afán, sobre todo teniendo en cuenta que el jubilado esperaba la visita de sus nietos, si no fuera por el contenido de la dichosa caja: se trataba de una docena de cucharillas de postre necesarias para el desayuno.

Nuestro jubilado no esperaba a 12 visitantes. Afortunadamente para su paz  mental no tenía 12 nietos, pero sí tenía 4 de estos últimos, más tres hijas, un hijo, una nuera, un nuero oficial y un nuero oficioso. En total hacían 11, y con él, doce. Y ahora me percato de que los nueros no existen, al parecer son yernos. Me pregunto quién inventaría esas palabras tan confusas.

Volviendo a nuestra búsqueda, esta estaba siendo infructuosa y desesperante. Mirando el reloj, el jubilado lanzó unos exabruptos en hebreo (no sabía hebreo, pero sonaba parecido), dejó la fastidiosa pesquisa y fue a afeitarse, pues ya le habían insinuado que parecía Papa Noel.

Ya afeitado y arreglado,  mientras rezongaba que ya podían los Reyes haberle traído cubertería nueva, abrió el cajón de los cubiertos de la cocina y dispuso unas cucharillas  junto a las tazas de desayuno; no eran las que buscaba y estaban algo deslustradas, pero nadie iba a fijarse en eso, pensó.

Sonó el timbre y dejó de pensar, pues llegaban las visitas.

Una multitud de nietos y demás familia hizo su aparición en la casa en varias tandas (no cabían todos en el ascensor). Al menos, parecía una multitud, pues las nietas pequeñas chillaron al ver los paquetes junto al árbol en el salón y los demás hablaban todos a la vez en voz alta.

Tras un rato de griterío alegre, motivado por los regalos de Reyes, el abuelo decidió que el chocolate y los churros se enfriaban y pasaron a la cocina a degustarlos. Mejor dicho, a zampárselo, pues mayores y pequeños se lanzaron a por el apetitoso desayuno y aun hubo quien sacó sigilosamente unas magdalenas de un armario para rematar la faena.

La mañana pasó y finalmente el abuelo se quedó solo en la casa. Con un suspiro, cogió el periódico y se dispuso a leerlo, pero entonces vio que se habían dejado un paquete.

—No puedo creerlo —murmuró, cogiendo el móvil para decirle a quien fuera que se había dejado el regalo. Sin embargo, al acercarse al paquete leyó:

PARA EL ABUELO, DE LOS REYES

Extrañado, se preguntó si sería algún regalo sorpresa de algún hijo o algo parecido. En cualquier caso lo abrió y se encontró un saquito negro. Del saquito negro salieron, alegres, brillantes y nuevas, un montón de cucharillas.

 

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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