¿CABLES CABREADOS?

Lío de cables

Que mi amigo Fernando me llame a las tantas de la noche para gritarme como un energúmeno que “a él también le pasa”, resulta bastante chocante, aparte de irritarme hasta el punto de decirle que por mí podría irse a una isla desierta y no volver.

Tras apartar el teléfono de mi oído y protestar por los gritos y por lo tardío de la hora, consigo algo parecido a una explicación, la cual, aunque confusa, no deja de ser, al fin y al cabo, una intención de aclaración que aprecio adecuadamente.

A pesar de la insistencia de mi amigo en que vaya a su casa a admirar un extraño fenómeno según el cual ciertos objetos de su casa parecen haber cobrado vida, me niego a ir a esas horas y sigo durmiendo, no si bien antes apagar el teléfono, no sea que me llame de nuevo.

Al día siguiente tengo diversas llamadas perdidas, de modo que  llamo a Fernando, el cual insiste en que me persone en su casa, cosa que hago a pesar de no apetecerme mucho que digamos, pues tengo cosas mejor que hacer, y me abre la puerta tan alborotado como parecía estarlo telefónicamente.

Al parecer, Fernando está convencido de tener “objetos parlantes”. No sé si le corroe la envidia de que mi colchón me haya hablado en una ocasión o qué. (Véase       COLCHONES GIRATORIOS   )  Yo, la verdad, preferiría que el susodicho colchón hubiera permanecido en el más absoluto de los mutismos.

Pues bien. Sonrío con escepticismo, lo cual cabrea a mi amigo (no haberme despertado anoche) y me lleva al salón. Allí, me indica que me siente en el sofá, cosa que hago, y espero, como en la actuación de un mago , a que muestre el truco en cuestión.

Bajo la tele está el aparato de DVD, y bajo este, unos cajones. Fernando abre el primer cajón y de inmediato saltan una maraña de cables, cargadores y qué sé yo más, todos liados y bien liados. Dado que hago un comentario jocoso respecto al lío de los cables, Fernando me gruñe que me calle y esté atenta, de modo que suspiro y dedico toda mi atención al fenómeno que supuestamente debo admirar.

Lo que sigue es extraño y confuso: Fernando se enoja con los cables y les dice que “digan lo que tengan que decir”. Como es de esperar, los cables no se dignan contestar y yo me empiezo a aburrir.

—¿Esperas que te contesten? —pregunto con sorna.

Fernando me mira con cara de  mala hostia, con perdón.

—Ayer me hablaron —declara muy serio, y como me rio sigue mirándome con bastante mala leche—. Te aseguro que están muy cabreados.

—No me extraña, no parecen tener mucho espacio vital.

—¡No te rías! ¡Ayer me pidieron un cajón más grande!

—Ya te digo que no me sorprende.

Fernando suelta un extraño bufido, como un gato indignado, y se vuelve de nuevo a la maraña de cables, empleando en esta ocasión un tono de voz meloso que pretende ser, supongo, convincente, pero el entresijo de plástico y cobre se niega a contestarle y empiezo a moverme en el asiento como si quemara.

—Hace calor —digo—, ¿no tendrás una cervecita?

No voy a escribir a aquí la respuesta a mi pregunta porque no me gusta ser malhablada y menos aún malescrita,  si es que esta palabra existe, de modo que, del modo más digno del que dispongo me levanto, voy a la cocina y abro la nevera. Encuentro una lata de Ámbar y me la voy bebiendo por el pasillo. Al llegar de nuevo al salón Fernando parece más desquiciado aún si cabe: se ha sentado en el suelo, tiene la mirada desenfocada  y se mesa los cabellos. Sí, la gente se mesa los cabellos, no es algo que hagan solo los protagonistas de las novelas.

Como me da pena, le digo que igual mi presencia impide el supuesto fenómeno. Eso le conforta, menos mal.

—Así que mejor me voy —concluyó animadamente. Como es de imaginar, me observa con suspicacia—. Te sugiero que pongas a grabar un vídeo.

—Un vídeo —murmura, abriendo mucho los ojos como si se le hubieran aclarado las ideas de repente.

—Sí, apoyas el móvil en esa mesa, pones a grabar y te vas a dar una vuelta.

—¡Y cuando vuelva todo estará grabado y te lo podré enseñar!

—Eso es. —Arrugo con fuerza la lata de cerveza vacía, la deposito en la mesa y me largo antes de que intente detenerme.

Ni que decir tiene que aún no me ha llamado.

El idiota de él sigue esperando a que los objetos hablen.

 

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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