LA INVASIÓN DE LA SETAS

 

Cuando alguien oye hablar de invasión de setas comete el error de creer que dichos hongos han entrado taimadamente  por alguna ventana y han tomado posesión ilícita del territorio; sin embargo, existen las invasiones internas, tipo caballo de Troya, y esta fue, sin lugar a dudas, de ese tipo.

La historia comienza con una alpaca de setas. Hasta hace poco, para mí las alpacas eran esos camélidos lanudos que todo el mundo conoce. Bueno, pues ahora resulta que hay alpacas de setas, no son cuadrúpedas y mucho menos lanudas, y vienen a ser un fardo de paja apretada  en una bolsa, todo ello con forma y tamaño de maceta más bien grande. Viene preparado su cultivo. (Por cierto que no vamos a hablar ahora del término alpaca, propia de algunas regiones. En otros lugares dicen  pacas, balas, fardos, etc. y no se hacen tantas preguntas sobre terminología).

La alpaca me la regalaron para mi cumpleaños y me quedé mirando el susodicho chisme setero con aire perplejo. ¿Tenía que regar eso?

Pues sí, según las escuetas instrucciones  había que echar un saquete de tierra incluido sobre la paja, que ya venía con los micelios inoculados (vamos, que ya estaba sembrado, para entendernos) y humedecer todo ello. En unos días saldrían setas de cardo.

Bueno, si hay que pulverizar, se pulveriza, me dije.

Pulvericé y pulvericé y continué pulverizando.

A los nueve días amanecieron las dos primeras setas. Me hizo mucha ilusión y mandé varios guasapes comunicándolo a un montón de gente que pareció, según los casos, entusiasmada o indiferente ante tal vital información.

Las setas siguieron creciendo.

Los entusiasmados preguntaban todos los días si las setas crecían y si ya se podían comer. Los indiferentes seguían eso, indiferentes.

Pues las setas prosiguieron creciendo y multiplicándose de forma exponencial. Al final tuve que quitar las más grandes para que las pequeñas pudieran desarrollarse.

Me hice una tortilla de setas con gambas.

Las setas volvieron a crecer de forma alarmante.

 Esta vez me hice un revuelto con gulas y jamón. Tuve que invitar a gente. La seta más grande pesaba más de 400 grs. y ahora los guasapes y el cachondeo sobre la progresión del cultivo setil eran más entusiastas. La gente ya no preguntaba si las setas crecían sino que cuántas tortillas llevaba ya hechas y que si iba a ponerme un restaurante.

Comencé a preocuparme cuando, mientras hacía el anteriormente citado revuelto, las setas duplicaron su tamaño de repente. No es una forma de hablar, comprobé que se habían desarrollado alegremente en un cuarto de hora y desbordaban la alpaca. De hecho, intenté hacerles más sitio, lo cual fue un error, porque al día siguiente se salían por todas partes y yo ya estaba harta de hacer tortillas y salteados.

Quité toda la cosecha mientras hacía una crema de setas, una menestra con setas y un arroz con setas (sí, todos a la vez, cuando me pongo, me pongo). Esta vez invité a los vecinos y a los del bar de abajo, y al día siguiente llevé una fiambrera al trabajo y mis familiares pasaron por casa para llevarse unas cuantas raciones.

Cuando los de la zapatería de abajo me dijeron que, por favor, no les diera más guisos de setas, que muchas gracias pero estaban levemente hartos, comprendí que la aquello se desmadraba.

Afortunadamente, la cosecha había terminado.

Agotada, en el sofá, miraba la alpaca con suspicacia. Podían seguir saliendo setas, según mis informes. ¿Tendría que ponerme un puesto ambulante para venderlas?

Pilar Gonzábar

 

 

NOTANombre científico de la llamada seta de cardo Pleurotus eryngii

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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