CHARLA DE CARRETILLAS

Charla de carretillas

Pues sí, las carretillas también charlan y no siempre hablan del curro, que conste. Hablan de todo un poco y con soltura. Pero claro, no es lo mismo hablar después de una fatigosa jornada que antes de la misma.

Érase que se era una carretilla llamada Carri que descansaba tras una larga jornada de curro junto a su amiga la carretilla Tilla. (Como se ve, quien puso nombre a las protagonistas de hoy no discurrió demasiado). Como era verano, hacía mucho calor, y Carri se quejaba de las hubieran dejado a pleno sol.

—No costaba nada habernos aparcado a la sombra. ¡Voy a derretirme!

—No piensan mucho en nosotras –contestó Tilla, que sufría también las altas temperaturas pero que era mucho menos calurosa que su amiga.—Sospecho que nos dejan en el primer lugar que encuentran.

Carri soltó una carcajada.

—¡Lo mío no es una sospecha, es una certeza!

—Bueno, bueno, ya me has entendido… La cuestión es que aquí unos trabajamos más que otros, y encima a los que curramos más no nos hacen ni puñetero caso.

—¿No lo dirás por mí? –inquirió con tono suspicaz un guante viejo que llevaba en el mismo sitio varios días.

—¿Eh? ¿Quién eres tú? –preguntó, asombrada, Carri.

—¿Cómo que quién soy? ¿Es que te enteras ahora de mi existencia?

—¡Hasta ahora no habías dicho nada!

—¡No tenía nada interesante que decir! Estoy aquí tirado, sin utilidad alguna. Por lo menos podían haberme echado al cubo, ahí seguro que no oiría vuestras tontadas…  Sois muy pesadas, ¡siempre os estáis quejando! ¡Que si los ladrillos pesan, que si hace  calor…!

Unas voces irritadas se dejaron oír desde una esquina.

—¿Quién se mete con los ladrillos?

—Ha sido ese guante viejo –señaló Tilla, la cual, aparte de aburrida, estaba resentida con el guante por haber dicho que siempre se estaban quejando.

—¡Chivata! ¡Acusica!

Carri se echó a reír y el guante le miró con mala cara.

—Será mejor que os calléis –dijo entonces la áspera voz de un saco de cemento—. Se acerca alguien.

Unos pasos precedieron a un obrero, el cual se acercó a las carretillas y las llevó a la sombra, echó el guante viejo al cubo de la basura y se fue por donde había venido.

Durante unos minutos no se escuchó nada.

—Hay gente buena –dijo al fin Carri con un suspiro, rompiendo el silencio.

—No sé –murmuró el guante desde dentro del cubo—. No se está mal aquí pero, la verdad, no  me entero de lo que pasa fuera.

—Duérmete o cállate  –ordenó de pronto la voz retumbante del cubo de basura, asustando a todos–: ¡ya está bien!

De modo que se hizo el silencio de nuevo.

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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