SE VENDE TELÉFONO ROJO

Teléfono rojo

Encontré un teléfono rojo en la sección de saldos, y pensé que quién iba a comprar esa reliquia cuando todos llevamos el móvil en el bolsillo (algunos todo el día en la mano, pero en fin). Total que seguí cotilleando un rato.

Me asombré cuando  compraron el teléfono a los diez minutos de haberlo visto.

Observé con curiosidad al comprador: lejos de ser algún señor mayor nostálgico era un jovenzano delgaducho con flequillo y gafas de pasta. Parecía haberse escapado de una biblioteca.

Salí del mercadillo sin haber comprado nada pero contenta de haber pasado un rato agradable. Iba a tomarme un café cuando vi que el jovenzano, que llevaba el teléfono rojo bajo el brazo, envuelto en plástico de burbujas, intentaba abrir el candado de una bicicleta rojo chorizo que se apoyaba en una farola. Esto no parece tener nada de extraño, pero hacerlo con un teléfono rojo bajo el brazo… Quizá he olvidado decir que el teléfono parecía estar atornillado o pegado a una mesita de pie alto… Menos mal que he puesto la foto, si no nadie me entendería.

—¿Te ayudo?

—¿Eh?

El jovenzano  me miró con sospecha, como si yo fuera una acosadora o algo. Vamos, que me miró con mala cara. Y ahí estaba yo, intentando ayudar a alguien que  no parecía querer ser ayudado.

—Es que me parece que no podrás desenganchar la bici con el teléfono bajo el brazo.

El chico pasó de mirarme con sospecha a mirarme como si saliera de la oscuridad riendo malévolamente en una película de misterio.

—¿Cómo sabes que llevo un teléfono?

Miré el bulto que formaban el teléfono-mesita y el amplio envoltorio de plástico de burbujas.

—Te he visto comprarlo.

Empezaba a cansarme esperando a que el chico, al que se le estaban escurriendo las gafas por la nariz, asimilara lo que acababa de decirle. Entre lo que parecía una excesivo tiempo de asimilación de ideas neural, y una suspicacia bastante grande, no me atreví a insistir en ayudarle, es más, me aguanté las ganas de decirle que se le caían las gafas.

—Mierda, se me caen las gafas.

—Sí, eh…

La interesante conversación duró diez minutos más. Ya que había llegado hasta allí, no pensaba irme sin ayudarle, así que aguanté. Como decía, a los diez minutos más o menos de conversación absurda, esta acabó y el jovenzano, sin duda pensando que yo no era una amenaza, me permitió ayudarle.

Ya subido en su bicicleta con el teléfono-mesita detrás, bien sujeto, el chico se fue sin despedirse siquiera y yo me quedé decepcionada conmigo misma por no haberme acordado de preguntarle para qué quería el dichoso teléfono.

A ver si me lo encuentro otro día. Me refiero al chico, no al teléfono.

Acerca de piligonzabar

Escritora que divaga habitualmente sobre misteriosos sucesos acontecidos en la vida real. Mi equipo de redacción y edición queremos advertirles que somos poco serios. Ver todas las entradas de piligonzabar

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