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UN PLATILLO VOLANTE EN MI SALÓN

Después de varios días horrorosos de trabajo, solo  me faltaban dos noches seguidas a cada cual peor. Salí del hospital baldada, dando tumbos, y llegué a casa sin saber bien cómo había llegado hasta allí.

Tendré que dormir, me dije mientras miraba la cama con recelo. Sinceramente, tenía miedo de despertar al cabo de una semana. Al final me decidí a poner la alarma a las dos de la tarde para comer y me eché sobre la cama sin abrir.

Bueno, pues me encontré con los ojos abiertos mirando el techo. Así que los cerré. Los ojos, quiero decir. Me di la vuelta. Entonces me encontré mirando fijamente el armario. Con un suspiro, me giré de nuevo, enredándome en la manta de leopardo que me había echado por encima, y esta vez lo que me tocó mirar fijamente fue la ventana. Cantaban unos pájaros en el parque de abajo, una moto pasaba con alegría por la rotonda… Menos mal que era domingo y no había demasiado ruido.

¿Me tomo una pastilla para dormir o me levanto y hago algo útil? me dije. Me decidí por lo segundo, aunque no tenía muy claro que “cosa útil” podía hacer en mi estado. Así que me desenredé de la manta de leopardo y pasé un buen rato buscando las zapatillas de estar por casa hasta que recordé que estaban en el salón (suelo ir descalza casi siempre, así que perder las zapatillas no es tan raro).

Ya calzada entré en la cocina y puse la lavadora, y luego abrí el frigo y descubrí que no tenía que cocinar ya que me había sobrado comida del día anterior.

Con un suspiro, me encaminé al salón y me tumbé en el sofá. Entre unas cosas y otras eran ya las doce. Me encontraba mirando la lámpara del techo cuando empecé a cabrearme. ¿Por qué no me dormía? Llegué a la conclusión de que estaba poco relajada, así que me puse una música meditativa, cerré los ojos, me tapé con la manta del sofá (también es de leopardo, no es que tenga obsesión, es casualidad) y lo siguiente que sucedió es que una voz metálica con eco (sí, con eco, lo juro), soltó lo siguiente:

—Buenos días, terrícola. Queremos comunicarnos.

—¡¿Pero qué…?! –-Aquí solté una serie de exabruptos que no vienen al caso. Me senté de golpe en el sofá y me encontré un platillo volante por ahí, por el techo, como si fuera lo más normal del mundo. Me froté los ojos.

—Buenos días, terrí… —comenzó de nuevo la horrible voz en off. Menos mal que estos invasores eran educados, me dije.

—¡¡Ya te he oído!! —Miré con mala cara al tipo verdoso que tenía enfrente, aunque la voz no parecía venir de ningún lado en particular y había varios tipos verdes pequeños por todo el salón.

—Venimos en son de paz. Queremos comunicarnos.

—¡Y yo quiero dormir, no te j…! –grité. Luego pensé que no estaba siendo muy educada, así que carraspeé y dije—: Lo siento, no venís en buen momento, volved otro día.

—El portal interdimensional está abierto ahora –explicó la voz, mientras los tipos verdes, de estilo irlandés, curioseaban mis libros alegremente.

—Pues lo abrís otro día —gruñí, y señalé con el dedo a los alienígenas que curioseaban mi librería—. ¡Vosotros! No toquéis nada, ¡a saber qué virus os habéis traído!

—Somos libres de virus –me informó la voz en off—. Solo queremos comunicarnos.

—¡Y dale! ¡Y yo solo quiero dormir!

—Tenemos importante tecnología para compartir.

—Oh, estupendo –dije, con un bostezo. Solté un manotazo a un tipo verde que acariciaba la manta de leopardo—. ¡Suelta mi manta! Me alegro de que no tengáis virus y todo lo demás, pero yo lo que tengo es sueño. Así que volved otro día.

Los tipos verdes se reunieron para tener una especie de charla en común, supuse, así que me envolví en la manta, me tumbé de nuevo y cerré los ojos. Con suerte todo aquello era un sueño y cuando sonara la alarma a las dos se habrían ido.

—La terrícola se está ralentizando –susurró la voz en eco, sin duda informando a la pandilla.

Me ralentizo pensé justo antes de dormirme. Me gustaba la frase. Igual la empleaba en uno de mis relatos.

Total, que me dormí y a las dos me desperté para comer. No había ni rastro de hombrecillos verdes ni platillos volantes. Me reí mientras calentaba la comida y miré el móvil por si había algún guasap. Había varios guasapes de mis hermanas… Y varias fotos de hombrecillos verdes paseando por mi salón.

Pilar Gonzábar


TEMPORIZADORES SUICIDAS

Para el que no sepa lo que es un temporizador en primer lugar explicarle que es ese aparatito que te avisa cuando ha pasado un tiempo que le has programado. Yo empleaba los de mi compañera de piso hasta que empezaron a suicidarse.

Esto no pretende ser un relato dramático, me limito a contar lo que sucedió.

Dado que vivo con una persona a la que le gusta cocinar, a nadie debería extrañarle que use estos temporizadores para ir a apagar el fuego cuando las lentejas están listas. La primera vez que llegué a esta casa (recuerda que soy un llavero-ovejo de peluche, ver      https://pilargonzabar.com/2018/05/21/una-oveja-negra-en-mi-mochila/ )

había un aparatito de estos, en este caso digital, que se pegaba con un imán en la nevera. Yo básicamente como ensalada (es virtual, pero en fin), así que no pensaba que me fuera  a preocupar por las vicisitudes de estos chismes, pero veréis lo que pasó:

A la semana de vivir en esta casa, el temporizador se cayó de la nevera y se hizo añicos.

Bueno, diréis, seguro que lo compró en un bazar todo a un euro.

Hasta aquí, aparte de oír las protestas de Pili (Pili es mi compañera de piso, la verdad es que no soy un inquilino propiamente dicho  porque no me cobra y encima me da de comer), no parece haber nada extraño, ¿verdad?

Pues unos días después estaba Pili haciendo un guiso de ternera y al ir a ver cuánto faltaba para apagar el fuego, el nuevo temporizador cayó al suelo, se desarmó y fue imposible armar las piezas por más que lo intentó.

—¡Pero qué está pasando! –gritó, y luego se puso a despotricar, mejor no os cuento.

Este segundo aparato era una especie de esfera aplanada plateada y hacía tic-tac como un reloj, quiero decir que no era digital, pero se rompió igual.

A la semana siguiente el aparato nuevo era un limón, a mí me encantó cuando lo trajo, y duró exactamente quince días.

—¡¿Por qué se suicidan?! –gritaba Pili, desesperada, poniendo en marcha el temporizador del  móvil y dejándolo encima un montón de puerros. Luego, se puso a pelar ajos.

—Se te va a manchar el móvil –me atreví a decir, ya que yo estaba fisgando por la casa, como de costumbre.

—¡Me importa un bledo! ¡¿Dónde quieres que lo ponga?!

Miré alrededor: en la vitrocerámica había una olla y una sartén en funcionamiento, por así decir; la encimera estaba llena de verduras y hortalizas, y, sobre la mesa, que no es muy grande, se amontonaban ajos, especias, una tabla de cortar, varios cuchillos y cucharones, una botella de vino y otro sinfín de utensilios.

—¿Quieres que ordene? –me ofrecí.

—No, gracias. ¡Lo que quiero es que no se suiciden estos chismes!

Los chismes eran los temporizadores, claro.

Y, por supuesto, continuaron suicidándose.

El siguiente fue uno con forma de jarra-termo, y el siguiente un tomate. Hubo más pero estos eran los más graciosos. Ah, sí, uno o dos con forma de huevo.

Pero siguieron arrojándose encimera abajo, o resbalándose misteriosamente hasta el suelo. El caso es que a Pili lo de dejar el móvil por encima de las verduras no le gustaba. Claro que se supone que uno se va a otro sitio y se lleva el móvil, acudiendo a la cocina cuando suena el timbre, pero al final entre ir y venir a dar vueltas al guiso acabas en la cocina sin saber dónde lo has puesto.

Ahora no hay ninguno de esos aparatitos tan divertidos, pero sí que hay un cartel en la nevera donde dice “temporizador” a modo de recordatorio para comprar uno. Mientras, Pili sigue sin saber qué problema tenían esos chismes para irse suicidando tan alegremente.

Mi consejo de hoy: compra los temporizadores al por mayor y envuélvelos en plástico de burbujas para que no sufran daños.

Loki


CUANDO LOKI SE FUE A LOS FIORDOS

 

 

Supongo que a estas alturas todo el mundo sabe quién es el ovejo negro Loki, si alguien lo ignora sugiero lea la siguiente entrada: https://pilargonzabar.com/2018/05/21/una-oveja-negra-en-mi-mochila/

Una vez aclarado quien es Loki (yo no le puse el nombre, aunque me gusta mucho Marvel, está claro que a él también), continuemos con lo que queríamos contar.

Desde que Loki se abrió una página en Facebook se dedica a poner fotos de viajes y chorradas variadas, lo cual me parece estupendo, pues me parece entretenido y prefiero que esté por ahí haciendo fotos que viendo todo el día vídeos en el sofá como hacen algunas otras ovejas que conozco.

El caso es que se metió a internet, buscó un viaje organizado y se fue a Noruega a ver fiordos. Cierto que yo hice lo mismo hace años, pero no soy una oveja-llavero de peluche que puede perderse en cualquier parte. Loki vio preciosos paisajes, respiró aire puro y aseguró a los compañeros de bus del viaje que no tenía frío, ya que, al parecer, le ofrecían mantas y chaquetones de plumas constantemente. Él les aclaró con gran dignidad que, como ovejo, tiene lana de serie.

Aunque hizo un montón de fotos, solo me mandó dos o tres, lo cual es de agradecer, porque luego no sé cuál escoger para enseñar a los amigos. Se lo pasó muy bien y vino encantado del viaje, aunque en una ocasión casi se pierde y sale el bus sin él. Menos mal que es negro, lo vieron enseguida y el conductor no arrancó, si no se lo dejan por Noruega y el pobre no sabe idiomas.

No voy a explayarme más, si quiere que lo haga él.

https://www.facebook.com/pilargonzabar


SE VENDE TELÉFONO ROJO

Teléfono rojo

Encontré un teléfono rojo en la sección de saldos, y pensé que quién iba a comprar esa reliquia cuando todos llevamos el móvil en el bolsillo (algunos todo el día en la mano, pero en fin). Total que seguí cotilleando un rato.

Me asombré cuando  compraron el teléfono a los diez minutos de haberlo visto.

Observé con curiosidad al comprador: lejos de ser algún señor mayor nostálgico era un jovenzano delgaducho con flequillo y gafas de pasta. Parecía haberse escapado de una biblioteca.

Salí del mercadillo sin haber comprado nada pero contenta de haber pasado un rato agradable. Iba a tomarme un café cuando vi que el jovenzano, que llevaba el teléfono rojo bajo el brazo, envuelto en plástico de burbujas, intentaba abrir el candado de una bicicleta rojo chorizo que se apoyaba en una farola. Esto no parece tener nada de extraño, pero hacerlo con un teléfono rojo bajo el brazo… Quizá he olvidado decir que el teléfono parecía estar atornillado o pegado a una mesita de pie alto… Menos mal que he puesto la foto, si no nadie me entendería.

—¿Te ayudo?

—¿Eh?

El jovenzano  me miró con sospecha, como si yo fuera una acosadora o algo. Vamos, que me miró con mala cara. Y ahí estaba yo, intentando ayudar a alguien que  no parecía querer ser ayudado.

—Es que me parece que no podrás desenganchar la bici con el teléfono bajo el brazo.

El chico pasó de mirarme con sospecha a mirarme como si saliera de la oscuridad riendo malévolamente en una película de misterio.

—¿Cómo sabes que llevo un teléfono?

Miré el bulto que formaban el teléfono-mesita y el amplio envoltorio de plástico de burbujas.

—Te he visto comprarlo.

Empezaba a cansarme esperando a que el chico, al que se le estaban escurriendo las gafas por la nariz, asimilara lo que acababa de decirle. Entre lo que parecía una excesivo tiempo de asimilación de ideas neural, y una suspicacia bastante grande, no me atreví a insistir en ayudarle, es más, me aguanté las ganas de decirle que se le caían las gafas.

—Mierda, se me caen las gafas.

—Sí, eh…

La interesante conversación duró diez minutos más. Ya que había llegado hasta allí, no pensaba irme sin ayudarle, así que aguanté. Como decía, a los diez minutos más o menos de conversación absurda, esta acabó y el jovenzano, sin duda pensando que yo no era una amenaza, me permitió ayudarle.

Ya subido en su bicicleta con el teléfono-mesita detrás, bien sujeto, el chico se fue sin despedirse siquiera y yo me quedé decepcionada conmigo misma por no haberme acordado de preguntarle para qué quería el dichoso teléfono.

A ver si me lo encuentro otro día. Me refiero al chico, no al teléfono.


CHARLA DE CARRETILLAS

Charla de carretillas

Pues sí, las carretillas también charlan y no siempre hablan del curro, que conste. Hablan de todo un poco y con soltura. Pero claro, no es lo mismo hablar después de una fatigosa jornada que antes de la misma.

Érase que se era una carretilla llamada Carri que descansaba tras una larga jornada de curro junto a su amiga la carretilla Tilla. (Como se ve, quien puso nombre a las protagonistas de hoy no discurrió demasiado). Como era verano, hacía mucho calor, y Carri se quejaba de las hubieran dejado a pleno sol.

—No costaba nada habernos aparcado a la sombra. ¡Voy a derretirme!

—No piensan mucho en nosotras –contestó Tilla, que sufría también las altas temperaturas pero que era mucho menos calurosa que su amiga.—Sospecho que nos dejan en el primer lugar que encuentran.

Carri soltó una carcajada.

—¡Lo mío no es una sospecha, es una certeza!

—Bueno, bueno, ya me has entendido… La cuestión es que aquí unos trabajamos más que otros, y encima a los que curramos más no nos hacen ni puñetero caso.

—¿No lo dirás por mí? –inquirió con tono suspicaz un guante viejo que llevaba en el mismo sitio varios días.

—¿Eh? ¿Quién eres tú? –preguntó, asombrada, Carri.

—¿Cómo que quién soy? ¿Es que te enteras ahora de mi existencia?

—¡Hasta ahora no habías dicho nada!

—¡No tenía nada interesante que decir! Estoy aquí tirado, sin utilidad alguna. Por lo menos podían haberme echado al cubo, ahí seguro que no oiría vuestras tontadas…  Sois muy pesadas, ¡siempre os estáis quejando! ¡Que si los ladrillos pesan, que si hace  calor…!

Unas voces irritadas se dejaron oír desde una esquina.

—¿Quién se mete con los ladrillos?

—Ha sido ese guante viejo –señaló Tilla, la cual, aparte de aburrida, estaba resentida con el guante por haber dicho que siempre se estaban quejando.

—¡Chivata! ¡Acusica!

Carri se echó a reír y el guante le miró con mala cara.

—Será mejor que os calléis –dijo entonces la áspera voz de un saco de cemento—. Se acerca alguien.

Unos pasos precedieron a un obrero, el cual se acercó a las carretillas y las llevó a la sombra, echó el guante viejo al cubo de la basura y se fue por donde había venido.

Durante unos minutos no se escuchó nada.

—Hay gente buena –dijo al fin Carri con un suspiro, rompiendo el silencio.

—No sé –murmuró el guante desde dentro del cubo—. No se está mal aquí pero, la verdad, no  me entero de lo que pasa fuera.

—Duérmete o cállate  –ordenó de pronto la voz retumbante del cubo de basura, asustando a todos–: ¡ya está bien!

De modo que se hizo el silencio de nuevo.


EL DESPERTADOR QUE SE DES-DEPRIMIÓ UN BUEN DÍA

Despertador jubilado

Cuando un despertador quiere jubilarse siempre es por alguna razón. En el caso de los gallos campestres, casi siempre es por afonía u otra afección de las cuerdas vocales. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, la causa es otra más delicada, pues se trata de un problema que se ve ahora muy frecuentemente en esta sociedad: el famoso síndrome ansioso-depresivo.

No vamos a analizar este síndrome pues no tenemos los suficientes estudios para ello, pero sí diremos que el despertador del que hablamos lo tenía. A pesar de que iba a terapia y tomaba las pastillas que le recetaba su psiquiatra , su mal parecía no ir a mejor y se preguntaba una y otra vez, entre grandes suspiros, sobre el sentido de la vida.

—El problema –le explicaba a todo el que quería escucharle—, es que soy un despertador de estilo clásico, y eso ya no se lleva.

—Pero nadie parece poder vivir sin despertador –le decían.

—Casi todo el mundo usa el  móvil. Y algunos pocos un cacharro digital. ¡No valgo para nada!

Sus amigos intentaban consolarle con poco éxito, de modo que suspiraba profundamente y la cosa quedaba ahí.

Afortunadamente, y a pesar de que, efectivamente, a su alrededor todo el mundo usaba despertadores digitales, un día, en el bar de abajo de su casa, cuando contaba por quinta vez sus desgracias, un parroquiano, harto de oírle, le espetó:

—¡Deja de lloriquear, quejica, que ahora se lleva lo retro!

Nuestro despertador soltó su cerveza y miró, atónito, al que había hablado:

—Soy retro –dijo, como alelado.

Retro y pesado –recalcó el parroquiano.

Con un infinito mar de posibilidades ante él, nuestro despertador clásico se acodó de nuevo en la barra y pensó que podía venderse muy bien su modelo, ahora retro, por Internet.

 


NUEVO PLANETA SIN EXPLORAR

Planeta sin explorar

Pues sí, se ha descubierto un nuevo planeta recientemente y todavía están los científicos estudiándolo a ver qué pueden decirnos de él. (O de ella, hoy en día podría tratarse de una planeta o cualquier otra cosa, a saber). De momento le han puesto de nombre Ignoto, que viene a significar desconocido/misterioso, con lo cual no se han matado mucho la cabeza. Le han apellidado “345”, desconozco si porque hay 344 planetas misteriosos pululando por ahí, si porque alguna característica física del citado planeta contenía esa cifra, o por si quedaba bonito simplemente.

Parece importante que el planeta tenga nombre y apellido, supongo que si no se sentiría solo e incomprendido en el confín del Universo. Todo esto presumiendo que no se hayan equivocado y se trate de un planeta y no de algún otro cuerpo celeste, tengo entendido que el número de cuerpos celestes que se conocen es ingente.

Como no podía estar tranquila con la incertidumbre llamé al observatorio de Canarias donde habían descubierto a Ignoto 345 y me sorprendió que me pasaran directamente con el descubridor, el cual, muy amablemente, me informó que se trataba de una broma.

Vaya, dije, por no emplear alguna expresión malsonante, así, en público. Me despedí del amable señor y suspiré con tristeza al pensar que Ignoto 345 no existía. Luego, todavía melancólica y ciertamente melodramática, me hice una tortilla para cenar en mi supersartén nueva de esas que llaman “a la piedra”.

Entonces descubrí que tenía un planeta en la cocina.

Bueno, cosas más extrañas suceden, me dije, riéndome, toda mi tristeza evaporada de repente al contemplar a mi particular Ignoto.


La rosquilla de San Valero

 

 

rosquilla san valero

Que se pretenda hacer un mini-roscón y salga un mini-mini-mini-roscón, pues, en fin, es un fallo técnico de la pastelera, la cual confesó que no pretendía que quedara tan pequeño. Ella estaba haciendo roscones para San Valero y le pidieron algunos para 1-2 personas. El resultado fue satisfactorio, solo que… Al parecer decidió emplear la masa sobrante y le salió un minúsculo rosconcito, que no una rosquilla, que es también redonda pero es otra cosa.

—No pretendía sacarlo al escaparate –dijo perpleja, la pastelera—: no sé cómo ha llegado allí. Pero en fin, puede que lo regale al primer niño que pase.

Mientras tanto, el mini-mini-roscón, explicaba irritado a las magdalenas que no era una rosquilla.

—¡Que quede claro que no soy una rosquilla! –gritaba cuando lo envolvieron para llevar.

—Pues parecía una rosquilla con nata –murmuró una breva pensativamente.

—Aunque  lo de las frutas despistaba –dijo un pastel de fresa, el cual empezaba a dudar—. En cualquier caso, se lo han llevado antes que a nosotros.

—Qué suerte –dijo un merengue de café.

—Sí, que suerte –dijeron los demás.


LA INVASIÓN DE LA SETAS

 

Cuando alguien oye hablar de invasión de setas comete el error de creer que dichos hongos han entrado taimadamente  por alguna ventana y han tomado posesión ilícita del territorio; sin embargo, existen las invasiones internas, tipo caballo de Troya, y esta fue, sin lugar a dudas, de ese tipo.

La historia comienza con una alpaca de setas. Hasta hace poco, para mí las alpacas eran esos camélidos lanudos que todo el mundo conoce. Bueno, pues ahora resulta que hay alpacas de setas, no son cuadrúpedas y mucho menos lanudas, y vienen a ser un fardo de paja apretada  en una bolsa, todo ello con forma y tamaño de maceta más bien grande. Viene preparado su cultivo. (Por cierto que no vamos a hablar ahora del término alpaca, propia de algunas regiones. En otros lugares dicen  pacas, balas, fardos, etc. y no se hacen tantas preguntas sobre terminología).

La alpaca me la regalaron para mi cumpleaños y me quedé mirando el susodicho chisme setero con aire perplejo. ¿Tenía que regar eso?

Pues sí, según las escuetas instrucciones  había que echar un saquete de tierra incluido sobre la paja, que ya venía con los micelios inoculados (vamos, que ya estaba sembrado, para entendernos) y humedecer todo ello. En unos días saldrían setas de cardo.

Bueno, si hay que pulverizar, se pulveriza, me dije.

Pulvericé y pulvericé y continué pulverizando.

A los nueve días amanecieron las dos primeras setas. Me hizo mucha ilusión y mandé varios guasapes comunicándolo a un montón de gente que pareció, según los casos, entusiasmada o indiferente ante tal vital información.

Las setas siguieron creciendo.

Los entusiasmados preguntaban todos los días si las setas crecían y si ya se podían comer. Los indiferentes seguían eso, indiferentes.

Pues las setas prosiguieron creciendo y multiplicándose de forma exponencial. Al final tuve que quitar las más grandes para que las pequeñas pudieran desarrollarse.

Me hice una tortilla de setas con gambas.

Las setas volvieron a crecer de forma alarmante.

 Esta vez me hice un revuelto con gulas y jamón. Tuve que invitar a gente. La seta más grande pesaba más de 400 grs. y ahora los guasapes y el cachondeo sobre la progresión del cultivo setil eran más entusiastas. La gente ya no preguntaba si las setas crecían sino que cuántas tortillas llevaba ya hechas y que si iba a ponerme un restaurante.

Comencé a preocuparme cuando, mientras hacía el anteriormente citado revuelto, las setas duplicaron su tamaño de repente. No es una forma de hablar, comprobé que se habían desarrollado alegremente en un cuarto de hora y desbordaban la alpaca. De hecho, intenté hacerles más sitio, lo cual fue un error, porque al día siguiente se salían por todas partes y yo ya estaba harta de hacer tortillas y salteados.

Quité toda la cosecha mientras hacía una crema de setas, una menestra con setas y un arroz con setas (sí, todos a la vez, cuando me pongo, me pongo). Esta vez invité a los vecinos y a los del bar de abajo, y al día siguiente llevé una fiambrera al trabajo y mis familiares pasaron por casa para llevarse unas cuantas raciones.

Cuando los de la zapatería de abajo me dijeron que, por favor, no les diera más guisos de setas, que muchas gracias pero estaban levemente hartos, comprendí que la aquello se desmadraba.

Afortunadamente, la cosecha había terminado.

Agotada, en el sofá, miraba la alpaca con suspicacia. Podían seguir saliendo setas, según mis informes. ¿Tendría que ponerme un puesto ambulante para venderlas?

Pilar Gonzábar

 

 

NOTANombre científico de la llamada seta de cardo Pleurotus eryngii


PARECE QUE SOPLA UN POCO DE CIERZO

alma del ebro con cierzo

 

Pues que extraño, dicen por estos lares que sopla algo de cierzo… Solo se mueven los árboles y los contenedores vuelan; vamos, lo normal. El problema es que con el frío parece que el cierzo se mete hasta los huesos.

Al pasar por la zona Expo va y me encuentro al Alma del Ebro hecha un lío. Pobre, con tanto viento las letras se le han enredado un poco. Le intento explicar que ya tenía las letras liadas, pero nada, no atiende a razones. Incluso amenaza con irse bajo el Pabellón Puente.

Paso un rato argumentando que bajo el puente está mojado y que mejor se queda donde está, que en algún momento dejará de soplar el cierzo. Al oír esto último se ríe, pero me pone los pelos de punta, porque no es una risa alegre, sino más bien cínica. Sospecho que no me cree.

Cansada, aterida y con todos los pelos revueltos, empiezo a cansarme de intentar hacerle entrar en razón.  Afortunadamente, al verme exasperada comienza a entrarle en la mollera lo absurdo de su amenaza y finalmente me dice que está bien, que permanecerá en su sitio, aguantando estoicamente el cierzo y otras inclemencias, pero solo porque no se imagina arrastrándose por ahí en busca de dónde guarecerse.

Qué paciencia tengo, pienso mientras me alejo, dirigiéndome a la pasarela que se menea discretamente bajo los pocos locos que nos atrevemos a cruzarla en un día ciercero.

 

Pilar Gonzábar

 

NOTA: En consideración a los lectores no-españoles:

1-Cierzo: vientode Aragón, del noroeste, seco y frío, racheado y fuerte.

2-Alma del Ebro:  escultura de Jaume Plensa, construida para la Expo del Agua 2008.

 


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