Y EL MUÑECO PERDIÓ EL SOMBRERO

Manolo Nieve 2018

Contra lo que pudiera suponerse, los muñecos de nieve no son insensibles al frío. Esto se comprende fácilmente observando que dichos seres, catalogados en estas tierras (Aragón) como moñacos invernales de compañía (subcategoría “de exterior”), suelen vestir prendas de abrigo tales como bufandas y sombreros.

No se puede pretender estar todo el día a la intemperie, sonriendo sobre un montón de nieve, sin, al menos, algo de protección contra el frío, y estos encantadores seres hace tiempo que se abrigan.

Como habréis ya visto, observando  las fotos de otros años, nuestro moñaco invernal, cariñosamente apodado Manolo Nieve, trabajador eventual en el Clínico de Zaragoza, , acompañaba su atuendo con sombrero y bufanda. La bufanda roja (releed las últimas entradas, así os entretenéis) es su última adquisición, tricotada por la hacendosa Asun, experta en estos menesteres. En cuanto al sombrero… bueno, pues resulta que este año desapareció el sombrero.

Sí, es un poco raro. Sombrero de muñeco de nieve desaparecido, volatilizado, quizá hurtado e incluso mangado con descaro. En cualquier caso, inexistente.

Y ahora encuentra un sombrero a toda prisa, que se echa la Navidad encima y están agotados.

La idea era que Manolo hiciera su aparición estelar cuanto antes y suele hacerlo cuando los enfermos están cenando, que es cuando casi nunca llaman al timbre, pero el pobre Manolo se encontró con la cabeza desamueblada, como suele decirse por aquí… Nuestro moñaco es calvorota y no es cuestión que se refríe.

Así que miramos el material, escaso e inadecuado, del que disponíamos, y le fabricamos un gorro tan eventual como él.

Bueno, lo hice yo y me salió un poco rústico, lo admito, pero en mi descargo diré que lo hice a toda prisa.

Ahora Manolo Nieve parece un currante másguiño emoticono .

La solución es temporal, lo juro.

 

 

Pilar Gonzábar, 24 diciembre 2018

 

 


OVEJAS ALGODONOSAS, la verdadera historia.

Ovejas en la mente

He tenido que buscar en los anales del tiempo (mirar en Facebook, vamos), para poder saber cuándo empezó esta historia ovina. La mayoría de la gente lee el blog muy por encima y no se da cuenta de que, poco a poco, se van metiendo algodonosas ovejas en sus subconscientes. De vez en cuando, quiero suponer, alguien se preguntará por qué todas las nubes tienen forma de oveja.

No se trata de una estrategia publicitaria, contra lo que pudiera pensarse a primer golpe de neurona. Se trata de transmisión de pensamiento, algo que suele ocurrir cuando el que tienes al lado piensa mucho en alguna cosa: como un benévolo virus, sus ideas se van aproximando a tu red neuronal; que las adquieras como propias o no, es cosa tuya.

Las ovejas no campan por mi mente como un rebaño despistado. Tampoco tengo, que yo sepa, ancestros pastores (quizá sí y esté aquí disertando absurdamente, pero bueno).

La historia de las ovejas tiene un principio tan sencillo como absurdo. Al parecer, un buen día de diciembre, hace cuatro años según se digna recordarme el Facebook, tuve a bien escribir la siguiente actualización de estado:

Oveja cumple

No sé qué extraña divagación mental me hizo escribir semejante cosa. No tengo ni idea, ciertamente. Puede que si repase lo que escribí hace cuatro años lo recuerde, pero, la verdad, me da igual. El caso es que se acercaba mi cumple y se me debió apetecer una oveja. Claro está que no una oveja de carne y hueso, no creo que pensara ni por un momento en recoger olivas negras por el suelo todo el día ni en sacarla a pastar al parque cercano. Imagino que quería una oveja de peluche. Me parecían monísimas y me siguen pareciendo.

Abreviaré, por aquello que digo siempre de que la gente lee en el móvil y solo les caben dos párrafos, y diré que me regalaron ovejas.

Oh, sí, la gente lee cuando haces una petición y se apresuran a complacerte amable y cariñosamente… Resultado: unas diez o doce ovejas de peluche /otros materiales obsequiadas amorosa y lanudamente por mi cumple.

Y así me encontré con un rebaño.

Muy divertido, diréis, y de hecho la gente se reía mucho cuando abría un paquete de regalo y asomaba otra oveja… El caso es que mis ovejas no eran, ni son, tranquilos e impávidos seres aposentados en un mueble… Mis ovejas son especiales: piensan, balan, algunas hablan, y, desde luego, no tienen respeto por nada. Cotillean tu móvil,  hurgan en la nevera, se meten en Internet, mordisquean el chocolate cuando no miras y se montan una juerga en el salón cuando te vas a trabajar.

Pero son mis algodonosas ovejas.

Por cierto, que se acerca mi cumple… NO MÁS OVEJAS, POR FAVOR, YA TENGO BASTANTES

emoticono tragame tierra ojos azules


DALE COLOR A LA VIDA

Mosaico Hundertwasserhaus

En estos días nublados otoñales da gusto abrir la carpeta de las imágenes urbanas buscando inspiración para el blog y que te aparezcan estos hermosos edificios de Viena. La foto es antigua y la cámara, obviamente, no era como las de ahora, pero todo eso  no importa cuando lo que se busca sin saberlo y se encuentra intuitivamente son colores que alegran el alma.

El edificio es bastante famoso,  en realidad se trata de  un bloque residencial llamado Hundertwasserhaus  y su artista diseñador ostentaba el impronunciable nombre para los españoles de  Friedensreich Hundertwasser. Este señor era austriaco, lo digo para por si alguien le pica la curiosidad.

Me gustó visitar esta calle y admirar estas casas. Me fascina Gaudí y su magia, y al verlas me recordaron el estilo: esos colores tan vibrantes y esas líneas curvas, dando vitalidad y juventud a las formas, como si la casa estaba viva. De modo que hice unas fotos haciendo equilibrios en el poco espacio disponible, visité la tienda, oteé unos libros en inglés sobre el susodicho artista y sus obras, enterándome de que las casas por dentro tenían el suelo ondulado y de que también había árboles dentro de las habitaciones, asomando al exterior. Creo recordar que compré una postales que a saber a dónde habrán ido a  parar.

Ahora miro las fotos y me sigo admirando: no solo los colores alegran el espíritu, obviamente esas casas respiran y sienten. Hasta las plantas que las colonizan lo hacen en amorosa armonía.

Encontrar en las grises ciudades actuales colores es difícil, creo que por eso lo valoro tanto. Afortunadamente, ahora parece que la tendencia a los grises y a otras paletas pálidas y aburridas disminuye un poco a la par que aumenta el deseo ecologista de dotar a las azoteas de plantas y elementos arbóreos .

Menos mal que quedan plazas con árboles y pequeñas casitas de colores. Todos los días paso por la calle Duquesa Villahermosa, y, por si alguien no lo sabe, allí hay una hilera de casitas de colores pertenecientes a la Ciudad Jardín. Son humildes y no salen en los panfletos turísticos de la ciudad, pero animan la vista, alegran el alma, y, por si no ha quedado claro, están vivas.

Hundertwasserhaus 222

 

Pilar Gonzábar

 

 


MINIMÍZAME

Minimízame final

Minimízame, te dicen.

Dicho sea así, de modo tan brusco y general, lo de minimizar suena mal, desde luego. Parece que si se lo dices a alguien estás insinuando que no vale un pepino o que lo vas a menguar, en cualquier caso lo empequeñeces, ya sea de modo físico,  virtual o psíquico.

No obstante, hoy en día hay que minimizar muchas cosas para ver lo que hay detrás. Si realmente quieres tener una visión clara de cómo funciona el asunto, tienes que minimizar, ya sea a ti mismo o al prójimo con el cual compartes el ordenador. Por eso es que cuando te levantas de la silla en la cual llevas media hora escribiendo porque no tienes más remedio que levantarte, aparece siempre alguien gritando «¿Está libre este ordenador?».

Quieras o no, no puedes evitar irritarte, aunque el otro no tiene la culpa de tener que compartir el ordenador contigo, desde luego. El caso es que tú, aunque te hayas levantado de la silla, en realidad no has acabado. Solo que tienes que hacer otras cosas que no pueden esperar, y cerrar los documentos a medias nunca ha sido una buena idea. De modo que adviertes en tono seco: «No me cierres. Minimízame».

Ahí estás, no solo dando permiso sino prácticamente exigiendo ser minimizado para no perder nada. Y observas en la parte inferior de la pantalla que, menos mal, tu trabajo aún sigue ahí.

Qué alivio. Podrás seguir currando con lo que estabas haciendo (no es que te haga mucha ilusión pero hay que hacerlo)

Claro que…

Emoticono pensativo

Pensándolo bien… en realidad existe otro concepto del minimizamismo…

Según cuenta la leyenda hay gente que emplea su tiempo en el ordenador del curro mirando viajes a las Bahamas o buscando una chaqueta polar en Amazon que haga más esbelto …

Que conste que son solo rumores.

Es mejor no hacer caso a estos absurdos bulos, aunque si se tiene que creer que existen estas personas, pues entonces el minimizamismo se convierte en una simple cuestión de supervivencia. Si aparece el jefe de improviso y el currante tiene abierta la página con las ofertas del más barato bungalow en la playa jamás hallado, el compañero más cercano gritará:

—¡¡Viene el jefe!!

Este es un buen compañero, alertando del peligro. Y ya que el susodicho currante no está en ese momento pegado al ordenador, sino charlando por el móvil al otro lado de la estancia, el grito siguiente en oírse por parte del afectado será:

—¡Rápido, minimízame!

—No, mejor te cierro.

—No, que luego tengo que buscarlo otra vez.

—Está bien, te minimizo.

—Gracias.

—De nada.

Y ahí estamos, dando las gracias por ser minimizados.

Qué fuerte.

 

 

Pilar Gonzábar


OVEJAS EN LOS BALCONES

2 ovejas balcón

Pues parece ser que no soy la única obsesionada con las ovejas, ya que estuve de vacaciones por el Pirineo y me encontré una oveja morada asomada en un balcón. La oveja me miró con simpatía y por eso le hice la foto. Que fuera morada  me alegró, pues me cansa el poco colorido de las ovejas que conozco, y me hizo recordar que no era la primera vez que una oveja me balaba desde un balcón, de modo que me metí en el ordenador (no me metí dentro, es un decir), y encontré una foto de 2005 con una simpática oveja  junto a una no menos simpática agüela.

Sí, sí, ya que sé que la oveja blanca es de terracota y que la morada parece algo rígida para ser de carne y hueso, pero de ilusiones también se vive.

Teniendo en cuenta que en el hotel donde me alojé también había ovejas de decoración me pregunto si no será que el Universo intenta decir algo sobre el tema ovejil. Todos sabemos que los pastores y ganaderos de ovino tienen muchos problemas actualmente: entre la sequía y la mosca negra la cosa está cada vez más chunga, y ahí va la gente hablando todo el día de vacas.

No me lo invento: desde que llegó el verano la gente está siempre hablando de vacas, es muy curioso y no ayuda mucho a la causa ovina.

Así que propongo que promocionemos a las ovejas de nuestra tierra: ¡Comamos queso de oveja y ternasco de Aragón!

Dicho esto, como ya me he desahogado, me relajo. Que cada uno coma lo que quiera.

Por si alguien tiene curiosidad,  la oveja de terracota fue hecha en un pueblo del Pirineo llamado Fago, famoso en aquellos tiempos por este tipo de creaciones, de hecho tengo una oveja pequeña muy simpática en una vitrina del salón.

La oveja morada es de Benasque. De este año.


LA ORQUÍDEA QUE PERDIÓ UNA HOJA

Orquídea blog

No vuelvo a pegarme horas buscando una hoja a una orquídea así me paguen en ducados de oro. Que la busque Rita la cantaora, la cual, por cierto, parece ser que sí existió, por si alguien se lo pregunta (cantaora de flamenco 1859, para que nadie tenga que ir al Google).

Volviendo al tema de la orquídea, nunca me había puesto a contarle las hojas a ninguna, pues se da el caso que me importa un bledo el número de hojas de mis plantas, pero en fin, a veces suceden cosas por misteriosos motivos y te ves forzada a hacer cosas que nunca habías hecho para quedarte tranquila, básicamente.

El caso es que encargué una orquídea de ganchillo (ver  foto) y me la llevé muy contenta a casa. Se acercaba el cumpleaños de mi hermana y me pareció un bonito regalo. Así que llegué a casa y le hice unas fotos para que los demás  mortales, pudieran apreciar su belleza en el Facebook y demás.

Cuál sería mi sorpresa al recibir un guasap de la artista creadora de la susodicha orquídea, Sofía, alias Sofi, en el que, en tono seco, me informaba del hecho de que a su florida creación le faltaba una hoja.

YO: Una hoja? Q es eso de q le falta una hoja?emoticono muy extrañado

 SOFI: Tiene 5 hojas. Le falta unaEmoticono ojos para arriba

YO: Q dices? Tiene 4 hojas, no 5emoticono resoplando

La conversación guasapera prosiguió un par de párrafos; por resumir, diré que yo me extrañaba de la insólita pérdida y Sofi insistía en que encontrara la hoja.

Fui en busca de la planta y vi que tenía cuatro hojas. Las conté una y otra vez, hice fotos desde todos los ángulos y hasta grabé un vídeo, y aún así la artista creadora insistía en que a ver qué había hecho con la hoja faltante.

Por la noche me fui a la cama sin haber resuelto el problema. Ya me cuesta dormirme de normal, pero meterme en la cama con la preocupación de que a la orquídea le faltaba una hoja… Vamos, un estrés.

Tras un rato de dar vueltas en la cama se me iluminaron las neuronas y me percaté de lo que sucedía, así que fui de nuevo a la orquídea, le di la vuelta, recuperé el PÉTALO que había quedado plegado hacia atrás y así obtuve las fotos actuales, con sus 5 pétalos, que no hojas, las cuales envié a Sofi, que al fin quedó contenta.

Por si alguien no se ha enterado: la orquídea tenía cuatro hojas y cinco pétalos.

No se debe buscar hojas cuando debes buscar pétalos.

Pero bueno, dos párrafos de guasap a las tantas de la noche explicando el lío de pétalos y hojas dan parar muchas risas.

De hecho, aún me estoy riendo.

NOTA: Pongo la foto de la orquídea “completa” porque si pongo la de las “cuatro hojas” se desvela el misterio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


¿CABLES CABREADOS?

Lío de cables

Que mi amigo Fernando me llame a las tantas de la noche para gritarme como un energúmeno que «a él también le pasa», resulta bastante chocante, aparte de irritarme hasta el punto de decirle que por mí podría irse a una isla desierta y no volver.

Tras apartar el teléfono de mi oído y protestar por los gritos y por lo tardío de la hora, consigo algo parecido a una explicación, la cual, aunque confusa, no deja de ser, al fin y al cabo, una intención de aclaración que aprecio adecuadamente.

A pesar de la insistencia de mi amigo en que vaya a su casa a admirar un extraño fenómeno según el cual ciertos objetos de su casa parecen haber cobrado vida, me niego a ir a esas horas y sigo durmiendo, no si bien antes apagar el teléfono, no sea que me llame de nuevo.

Al día siguiente tengo diversas llamadas perdidas, de modo que  llamo a Fernando, el cual insiste en que me persone en su casa, cosa que hago a pesar de no apetecerme mucho que digamos, pues tengo cosas mejor que hacer, y me abre la puerta tan alborotado como parecía estarlo telefónicamente.

Al parecer, Fernando está convencido de tener «objetos parlantes». No sé si le corroe la envidia de que mi colchón me haya hablado en una ocasión o qué. (Véase       COLCHONES GIRATORIOS   )  Yo, la verdad, preferiría que el susodicho colchón hubiera permanecido en el más absoluto de los mutismos.

Pues bien. Sonrío con escepticismo, lo cual cabrea a mi amigo (no haberme despertado anoche) y me lleva al salón. Allí, me indica que me siente en el sofá, cosa que hago, y espero, como en la actuación de un mago , a que muestre el truco en cuestión.

Bajo la tele está el aparato de DVD, y bajo este, unos cajones. Fernando abre el primer cajón y de inmediato saltan una maraña de cables, cargadores y qué sé yo más, todos liados y bien liados. Dado que hago un comentario jocoso respecto al lío de los cables, Fernando me gruñe que me calle y esté atenta, de modo que suspiro y dedico toda mi atención al fenómeno que supuestamente debo admirar.

Lo que sigue es extraño y confuso: Fernando se enoja con los cables y les dice que «digan lo que tengan que decir». Como es de esperar, los cables no se dignan contestar y yo me empiezo a aburrir.

—¿Esperas que te contesten? —pregunto con sorna.

Fernando me mira con cara de  mala hostia, con perdón.

—Ayer me hablaron —declara muy serio, y como me rio sigue mirándome con bastante mala leche—. Te aseguro que están muy cabreados.

—No me extraña, no parecen tener mucho espacio vital.

—¡No te rías! ¡Ayer me pidieron un cajón más grande!

—Ya te digo que no me sorprende.

Fernando suelta un extraño bufido, como un gato indignado, y se vuelve de nuevo a la maraña de cables, empleando en esta ocasión un tono de voz meloso que pretende ser, supongo, convincente, pero el entresijo de plástico y cobre se niega a contestarle y empiezo a moverme en el asiento como si quemara.

—Hace calor —digo—, ¿no tendrás una cervecita?

No voy a escribir a aquí la respuesta a mi pregunta porque no me gusta ser malhablada y menos aún malescrita,  si es que esta palabra existe, de modo que, del modo más digno del que dispongo me levanto, voy a la cocina y abro la nevera. Encuentro una lata de Ámbar y me la voy bebiendo por el pasillo. Al llegar de nuevo al salón Fernando parece más desquiciado aún si cabe: se ha sentado en el suelo, tiene la mirada desenfocada  y se mesa los cabellos. Sí, la gente se mesa los cabellos, no es algo que hagan solo los protagonistas de las novelas.

Como me da pena, le digo que igual mi presencia impide el supuesto fenómeno. Eso le conforta, menos mal.

—Así que mejor me voy —concluyó animadamente. Como es de imaginar, me observa con suspicacia—. Te sugiero que pongas a grabar un vídeo.

—Un vídeo —murmura, abriendo mucho los ojos como si se le hubieran aclarado las ideas de repente.

—Sí, apoyas el móvil en esa mesa, pones a grabar y te vas a dar una vuelta.

—¡Y cuando vuelva todo estará grabado y te lo podré enseñar!

—Eso es. —Arrugo con fuerza la lata de cerveza vacía, la deposito en la mesa y me largo antes de que intente detenerme.

Ni que decir tiene que aún no me ha llamado.

El idiota de él sigue esperando a que los objetos hablen.

 


LOS GIRASOLES SIEMPRE SONRÍEN

 

Girasol gafas sol

Cuando un alegre y brillante girasol se dirige a una óptica para comprarse unas gafas de sol, todo el mundo se le queda mirando.

—¿Acaso le molesta el sol? —indaga discretamente el dependiente que le atiende.

—Sí, claro, por eso quiero unas gafas de sol.

El dependiente avisa a su compañero, más experimentado, y juntos contemplan al brillante girasol.

—¿Ha ido al oftalmólogo?

—Oh, veo muy nítido, tanto de cerca como de lejos, solo que me molesta el brillo del sol. Es… excesivo.

Los dos seres humanos, ambos vestidos con batas blancas, asienten comprensivamente y luego se miran, encogiéndose de hombros.

—Pero, ya que estoy aquí —dice entonces el girasol—, quizá podrían examinarme la graduación.

De modo que el girasol se sienta en una silla donde le comprueban la graduación…

—Hacía tiempo que no veía a nadie con la vista tan buena. —Se asombra uno de los seres humanos. El girasol se pregunta si no le apena por motivos económicos, ya que el hombre no parece alegrarse por el descubrimiento.

—Quisiera ver modelos modernos.

—Claro, claro…  —El hombre se anima  y se dispone a enseñarle un extenso muestrario. El otro, encogiéndose de hombros, se dedica a otros menesteres.

—¿No tiene alguna montura más ancha?

—Sí, sí, no se preocupe. Es que… bueno, tiene usted la cara más amplia de lo habitual.

—Me lo dicen constantemente.

—Y dígame —indaga el hombre presentándole el modelo más amplio del repertorio—: esa fotofobia… ¿no le preocupa?

—Para eso están las gafas de sol, ¿no…? ¡Excelente, me las quedo!

—Oh, fantástico.

Al girasol le da pena el ser humano, parece tan aliviado de encontrar una montura adecuada a un rostro tan ancho como el suyo…

—Pagaré con tarjeta.

—Como desee.

Feliz y contento, el girasol, estrenando sus gafas, sale de la óptica muy satisfecho.

—Lo que hay que ver —murmura el óptico desde la tienda.


UNA OVEJA NEGRA EN MI MOCHILA

Oveja negra mochila

Pues un buen día fui a coger mi mochila vaquera para irme al curro y va y me encuentro una oveja en ella. Así, como si tal cosa. Esto en sí no es noticia, pues todos sabéis que los peluches de compañía de mi casa campan a sus anchas e invaden constantemente el espacio vital sin gran consideración.

Lo asombroso del hecho era que esta oveja no solo no la había visto nunca, sino que era completa y absolutamente negra. Tenía ovejas blancas, alguna de patas y morro negro e incluso una marrón, pero no tenía una negra, por lo cual no podía usar la famosa frase «la oveja negra del rebaño», ya que no la tenía.

Pues bien, la verdad es que me sentía entusiasmada: ¡al fin tenía mi oveja negra!

O al menos, eso parecía. ¿Habría venido a quedarse?

A primera vista, parecía querer establecerse, ya se había colocado en el asa de la mochila por medio de una arandela tipo llavero.

—Hola —dijo entonces la oveja.

Me quedé estupefacta.

—Espero no  molestar.

Yo seguía estupefacta, pues mis ovejas balan. Cierto que las comprendo pero no recuerdo si alguna vez han hablado. Yo juraría que no.

—Eh… no. De hecho estoy encantada de tener, por fin, una oveja negra.

La oveja movió la cabeza en actitud comprensiva.

—No me extraña . —La oveja se recolocó la argolla metálica que la sujetaba a la mochila y preguntó dónde estaba la gente.

Tardé un poco en responder, ya que al principio no comprendí que se refería a las otras ovejas.

—Durmiendo. Se levantan tarde a desayunar.

—Hum —murmuró la oveja en tono de leve reproche.

—Tengo que ir a currar —dije entonces, pues lo cierto es que debía salir ya de casa.

—Estoy listo —aseguró el nuevo inquilino. Como dijo listo, y no lista, llegué a la conclusión de que definitivamente era un ovejo, y no una oveja. Ya me lo había parecido por la voz grave, pero hoy en día no se sabía.

Hay que tener en cuenta que la palabra ovejo no está en el diccionario, pero con todo este rollo que hay ahora con el género de las palabras (me refiero a miembros, miembras, portavoces,  portavozas, etc) pues digo ovejo y ya está.

—¿Tienes nombre o tengo que buscarte uno? —pregunté a mi espalda, pues ya salía de casa con la mochila colgada.

—Me llamo Loki.

Sonreí al espejo del ascensor: así que le gustaba Marvel.

Íbamos a llevarnos muy bien.

 


EL PASTO DEL VECINO SIEMPRE ES MÁS VERDE

 

La hierba es mejor en el otro prado

 

EL PASTO DEL VECINO SIEMPRE ES MÁS VERDE

Pues sí, mucho más verde, brillante y con aspecto más sabrosón. O, al menos, eso pensaban unas vacas pirenaicas mientras  pastaban concienzudamente en las montañosas laderas  donde nacieron.

—Muu —dijo una de las vacas.

—Mu mumu mumumú —replicó otra. Las demás asintieron con vigor.

Para no hacer tediosa la conversación bovina, un experto vacólogo que no ha querido dar su nombre por timidez excesiva, nos la ha traducido. Todo un detalle por su parte. Se lo hemos agradecido con unas cervezas y unos pulpos, pero eso no viene al caso.

Lo que las vacas decían, mirando extasiadas por entre las líneas de la alambrada, hacia el prado vecino, era lo siguiente:

—Las vecinas tienen mejor hierba.

—Sí, es mucho más verde y huele mejor.

Se hizo un silencio solo roto por el  movimiento de las mandíbulas de sus vecinas de prado, otro puñado de vacas pirenaicas de parecido aspecto al de ellas. Las vecinas rumiaban tranquilamente tumbadas al sol mientras se preguntaban por qué esas cotillas las miraban tanto.

—Podíamos tirar la alambrada —sugirió la vaca que había hablado, perdón, mugido, primero.

—Tendríamos que llamar al toro, y ya sabes que está echando la siesta: ¡cualquiera lo despierta!

—Tienes razón —dijeron las demás, mirando con tristeza la alambrada.

—¡Escuchad, chicas! —Una ternera se acercó a ellas trotando para señalarles con un movimiento de cabeza el camino. Por allí se acercaban unos excursionistas.

—¿Qué pasa pues? —Sus compañeras vacunas  no parecían muy impresionadas.

—Tengo un plan. Escuchadme.

Las vacas juntaron sus cabezas y mugieron en susurros durante unos minutos. Luego, pusieron en práctica el plan.

***

Los excursionistas estaban horrorizados: unas pobres vacas gemían dolorosamente junto a una alambrada mientras miraban con añoranza a otras vacas, éstas plácidamente tumbadas en la hierba.

—¡Oh, pobres vacas, sin duda quieren pasar al otro prado!

—¡Pobrecitas, seguro que son sus amigas, o sus parientes!

—Eso  no lo sabes.

—¡Pero mira con qué angustia nos miran! ¡Si hasta parecen que nos hagan gestos para que vayamos a ayudarlas!

Los excursionistas se acercaron con cuidado para ver de cerca la situación.

—¡Voy a cortar la alambrada! —exclamó de pronto uno de ellos.

—¿Estás loco? Las vacas pueden escaparse, y el dueño molerte a palos, por cierto.

—¡Tonterías, no veo a nadie por aquí!

Sus amigos, asombrados, le vieron sacar una cizalla de la mochila.

—¿Sales de excursión con eso?

—Calla y verás.

***

En que vieron la alambrada caída y arrojada a un lado, las vacas teatreras se abalanzaron sobre el prado vecino y su fresca hierba, ignorando los comentarios de sus vecinas que les estaban llamando maleducadas y cosas bastante peores.

Los excursionistas, muy contentos al ver a las vacas felices, se marcharon rápidamente por temor a represalias.

Las vacas intrusas comieron hasta hartarse y luego se tumbaron a rumiar.

Mientras, las vacas invadidas se levantaron y cuchichearon entre ellas:

—Oye, el prado de estas locas, ¿no es más verde que el nuestro?

—Yo, creo que sí, no sé por qué han venido  a nuestro prado con el suyo lleno de esa hierba de aspecto tan jugoso.

—Es cierto: propongo que nos mudemos.

Absolutamente estupefactas, las vacas invasoras contemplaron como las vecinas invadidas se mudaban con toda tranquilidad a su antiguo prado.

—¿Sabéis? —dijo la promotora del plan de invasión—: Viéndolo desde aquí… ¿Sabéis que nuestro antiguo prado tiene mejor hierba de lo que pensaba?

 


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