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UN PLATILLO VOLANTE EN MI SALÓN

Después de varios días horrorosos de trabajo, solo  me faltaban dos noches seguidas a cada cual peor. Salí del hospital baldada, dando tumbos, y llegué a casa sin saber bien cómo había llegado hasta allí.

Tendré que dormir, me dije mientras miraba la cama con recelo. Sinceramente, tenía miedo de despertar al cabo de una semana. Al final me decidí a poner la alarma a las dos de la tarde para comer y me eché sobre la cama sin abrir.

Bueno, pues me encontré con los ojos abiertos mirando el techo. Así que los cerré. Los ojos, quiero decir. Me di la vuelta. Entonces me encontré mirando fijamente el armario. Con un suspiro, me giré de nuevo, enredándome en la manta de leopardo que me había echado por encima, y esta vez lo que me tocó mirar fijamente fue la ventana. Cantaban unos pájaros en el parque de abajo, una moto pasaba con alegría por la rotonda… Menos mal que era domingo y no había demasiado ruido.

¿Me tomo una pastilla para dormir o me levanto y hago algo útil? me dije. Me decidí por lo segundo, aunque no tenía muy claro que “cosa útil” podía hacer en mi estado. Así que me desenredé de la manta de leopardo y pasé un buen rato buscando las zapatillas de estar por casa hasta que recordé que estaban en el salón (suelo ir descalza casi siempre, así que perder las zapatillas no es tan raro).

Ya calzada entré en la cocina y puse la lavadora, y luego abrí el frigo y descubrí que no tenía que cocinar ya que me había sobrado comida del día anterior.

Con un suspiro, me encaminé al salón y me tumbé en el sofá. Entre unas cosas y otras eran ya las doce. Me encontraba mirando la lámpara del techo cuando empecé a cabrearme. ¿Por qué no me dormía? Llegué a la conclusión de que estaba poco relajada, así que me puse una música meditativa, cerré los ojos, me tapé con la manta del sofá (también es de leopardo, no es que tenga obsesión, es casualidad) y lo siguiente que sucedió es que una voz metálica con eco (sí, con eco, lo juro), soltó lo siguiente:

—Buenos días, terrícola. Queremos comunicarnos.

—¡¿Pero qué…?! –-Aquí solté una serie de exabruptos que no vienen al caso. Me senté de golpe en el sofá y me encontré un platillo volante por ahí, por el techo, como si fuera lo más normal del mundo. Me froté los ojos.

—Buenos días, terrí… —comenzó de nuevo la horrible voz en off. Menos mal que estos invasores eran educados, me dije.

—¡¡Ya te he oído!! —Miré con mala cara al tipo verdoso que tenía enfrente, aunque la voz no parecía venir de ningún lado en particular y había varios tipos verdes pequeños por todo el salón.

—Venimos en son de paz. Queremos comunicarnos.

—¡Y yo quiero dormir, no te j…! –grité. Luego pensé que no estaba siendo muy educada, así que carraspeé y dije—: Lo siento, no venís en buen momento, volved otro día.

—El portal interdimensional está abierto ahora –explicó la voz, mientras los tipos verdes, de estilo irlandés, curioseaban mis libros alegremente.

—Pues lo abrís otro día —gruñí, y señalé con el dedo a los alienígenas que curioseaban mi librería—. ¡Vosotros! No toquéis nada, ¡a saber qué virus os habéis traído!

—Somos libres de virus –me informó la voz en off—. Solo queremos comunicarnos.

—¡Y dale! ¡Y yo solo quiero dormir!

—Tenemos importante tecnología para compartir.

—Oh, estupendo –dije, con un bostezo. Solté un manotazo a un tipo verde que acariciaba la manta de leopardo—. ¡Suelta mi manta! Me alegro de que no tengáis virus y todo lo demás, pero yo lo que tengo es sueño. Así que volved otro día.

Los tipos verdes se reunieron para tener una especie de charla en común, supuse, así que me envolví en la manta, me tumbé de nuevo y cerré los ojos. Con suerte todo aquello era un sueño y cuando sonara la alarma a las dos se habrían ido.

—La terrícola se está ralentizando –susurró la voz en eco, sin duda informando a la pandilla.

Me ralentizo pensé justo antes de dormirme. Me gustaba la frase. Igual la empleaba en uno de mis relatos.

Total, que me dormí y a las dos me desperté para comer. No había ni rastro de hombrecillos verdes ni platillos volantes. Me reí mientras calentaba la comida y miré el móvil por si había algún guasap. Había varios guasapes de mis hermanas… Y varias fotos de hombrecillos verdes paseando por mi salón.

Pilar Gonzábar


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